El pequeño poni.- Paco Bezerra

El pequeño poni
Paco Bezerra

Ediciones Antígona.- Madrid, 2018

Edición bilingüe español e inglés.

La lectura de teatro, cuando la obra está tan bien escrita como “El pequeño poni”, resulta asequible para cualquier público enamorado de la lectura, que para aquellos que la lectura es poco menos que un aburrimiento están de sobra las obras de teatro, las novelas o la poesía.

Del dramaturgo Paco Bezerra ya tuve ocasión de comprobar su extraordinaria manera de enfrentar el hecho teatral aplaudiendo la representación de “La escuela de la desobediencia”, basada en la obra francesa “L’ecole de filles”, con una soberbia interpretación de las actrices María Adánez y Cristina Marcos. El tono poético de aquella pieza que se mueve por los entresijos del erotismo y la reivindicación de la mujer y su sexualidad, hace acto de presencia en esta otra obra en la que pone sobre las tablas lo que significa el acoso escolar. Sin delirios dramáticos, sin exageraciones, sin aspavientos, coloca en el centro del asunto dramático la realidad de un niño diferente a través de las reacciones de los padres y sus actitudes y miedos para concluir que todos tienen parte de responsabilidad en el sufrimiento de un niño, los otros niños acosadores, la institución escolar y  la familia. La ayuda tiene que llegar de todas estas partes implicadas y exige mayor amplitud de miras, aceptación de la diversidad y respeto de la dignidad de la persona. Sigue leyendo

El terror de 1824.- Benito Pérez Galdós

Episodios Nacionales
El terror de 1824
Benito Pérez Galdós

Alianza Editorial, El libro de bolsillo
2019

El destino no deja de proporcionarnos situaciones paradójicas. Benito Pérez Galdós, para ofrecernos de manera novelada el episodio histórico del absolutismo de Fernando VII y el terror desatado con las persecuciones y ejecuciones de liberales y constitucionalistas, hace coincidir el personaje del viejo maestro liberal, inflamado de fe en la libertad y la democracia, con el destino de la joven muchacha, católica e hija de un absolutista ejecutado por los liberales y en cuya muerte tomó parte el viejo maestro liberal con su delación. Ahora el viejo maestro hace discursos incendiarios contra la monarquía por todo Madrid y pasa por loco, del que todos se burlan y al que los niños apedrean. Su hijo será ejecutado una vez hecho prisionero, y él acabará siendo recogido por la joven hija del absolutista, vecina suya, cuidado y querido como un padre, amor que terminará siendo mutuo tras reconocer su conducta indigna –no por la delación- sino por haberse negado a ofrecerle un vaso de agua en sus últimos momentos, culpa que confesará también al pie del patíbulo. Sigue leyendo

Marianela.- Benito Pérez Galdós

Marianela
Benito Pérez Galdós

En el Quijote, la muerte de la ilusión del caballero andante y la cura de su ceguera para ver la realidad, acaba con la vida de don Quijote de la Mancha y su alter ego, Alonso Quijano el Bueno, enfrentado a la oscura y externa realidad una vez perdida la luz de su realidad interior. La desilusión que mató a don Quijote es la misma que acabará con la vida de Marianela, el personaje de Benito Pérez Galdós.

La novela de Galdós, de un dramatismo naturalista muy acusado, con diálogos en los que los personajes transitan de lo espontáneo, natural e incluso pueril, a lo profundo de los pensamientos y hondos sentimientos, es mucho más que la historia de amor de una muchacha como Marianela, pobre, huérfana, fea y desamparada, y de Pablo, joven rico, guapo y ciego a quien servía de lazarillo. El amor del ciego siente la belleza del alma desnuda y primitiva de Marianela. Marianela siente, a su vez, el amor del joven Pablo que la eleva con su trato a la categoría humana de persona que la vida le tenía negada. Sigue leyendo

Ruido de ángeles

Un libro es bueno si tiene buenos lectores y, en el caso del último publicado de mi autoría tras “Testimonio de la desnudez” y “Lucernarios“, éste de “Ruido de ángeles“, prologado por María Merino Calero (Ed. Vitruvio,.-Madrid, 2020), ha tenido la inmensa fortuna de gozar de la lectura de un inmejorable lector, el escritor y poeta Juan Francisco Quevedo. De cuanto dice en su artículo para el diario Alerta, de Santander, sólo puedo comentar que ha sabido penetrar en el sentido y finalidad de los poemas como el experto cirujano abre, muestra y cura en la herida. Y que le quedo muy agradecido por este gesto altruista y amigo.

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También, de manera más extensa, aparece este artículo en la revista “Culturamas“:

«Ruido de ángeles», de Julio González Alonso

Nos llega el poeta Julio González Alonso con su Ruido de ángeles (Vitruvio, 2020) bajo el brazo. Sin duda, un regalo para los lectores de poesía. Tras el inmejorable sabor de boca que nos dejó Lucernarios, esperábamos ansiosos esta nueva incursión del autor en el mundo editorial. Y no defrauda, bien al contrario nos ratifica en lo que pensábamos, estamos ante un poeta de un lirismo impecable, de un dominio del verso magnífico que hace del poema una aventura rítmica fascinante. Nos reconcilia ya no con una manera de entender la poesía sino con ella en sí misma.

El libro se divide en cuatro partes perfectamente estructuradas, lo que hace que en seguida percibamos que estamos ante un libro que se ha ido cuajando con la vocación de darle un sentido unitario y que es mucho más que una reunión fortuita de buenos poemas.

De los justos” es el título de la primera parte del libro; se abre con un poema alegórico contra la violencia de nuestros actos como especie, de esos tiempos que surgen “cuando entregasteis la paz a las espadas”. Es decir, de cualquier tiempo. Julio González Alonso mira al pasado con la intención de evidenciar la injusticia del presente, nos transporta a unos años intemperantes por los que se desangra la historia de los pueblos. Lo hace con los aromas que nos traen las guerras, donde el olor del incienso se transmuta por el de la pólvora. En ese terrible contexto el hedor que provoca la muerte se entremezcla con las oraciones de los que matan, de los que se refugian en ellas para justificar la barbarie: “los campos yermos dejan pasar el viento / de los sirios que huyen / sin mirar atrás”.

Con este hilo conductor, poniendo la mirada en Oriente y en el Sur, el autor consigue que el lector se identifique con el sufrimiento de los que huyen, sea de las guerras y la violencia, o sea de la miseria y el hambre. En un soneto consumado fija esa mirada: “Les firmarán papeles, documentos, / escribirán sus nombres, luz oscura, / en una lista de vuelta a la miseria”.

Con el nombre de una mujer, Ruqia Hassan, se abre un poema estremecedor que da cuenta de la crueldad criminal que se puede llegar a ejercer en nombre de cualquier dios. Un mundo que calla y permanece ciego avala en cierta manera la ignominia que nos invade y que se justifica en el silencio. Nada se esconde a la mirada dolorida del poeta, como en una letanía interminable maldice cualquier violencia que se ejerza en nombre de la costumbre, como la que se practica contra esas niñas a las que se mutila salvajemente a la vez que se las cercena el futuro.

En un poema desalentador nos remueve y sacude la conciencia al desenmascarar a los exégetas de todos los tiempos que viajan a través de los siglos devastando con sus ideas y con sus manos lo que va quedando de un mundo que agoniza entre el ruido asombrado y entristecido de unos ángeles que “se miran confundidos”: “Oigo ruido de ángeles; / las ciudades, mientras tanto, arden en guerra, / la misma guerra por los siglos de los siglos”.

La segunda parte se titula “La vida me mira”. “Carta” es su primer poema; un diálogo inacabado, tanto como el mundo, que siempre existirá mientras haya un ser con conciencia en la tierra. Los sueños incumplidos, los razonamientos sin una respuesta precisa, la vida que nos mira mientras nos llega “la hora de marchar”. Progresa el libro con un canto alegre, una invitación a la vida y a su disfrute: “Que este dolor sea el último. Abre al día / los ojos”.

En esta parte quizás, más que a reconciliarnos con la vida, invita a los lectores a reconciliarse consigo mismos. Incita a que nos agarremos a la existencia con calma, con la quietud debida para poder degustarla en toda su extensión y con total plenitud: “Hoy te quiero y te nombro, pongo al amor palabras / que habitan los jardines de la melancolía / como habitan la lluvia las gotas de los versos”.

Nada elude la voz poética mientras contempla la vida: el asombro ante la naturaleza, la muerte y su certeza, el tedio de algunos días y la monotonía cuando se convierte en tiempo desperdiciado: “¡dime, vida, por qué tantos momentos / tan vacíos de música y colores / o de una voz de ardientes sentimientos!

Julio González Alonso mantiene a lo largo del libro un tono poético de un lirismo encendido, una poesía que se saborea con el regusto que deja en el fondo del paladar lo clásico. Estamos ante un poeta que no necesita suscribirse a ninguna otra tendencia que aquella en la que ya milita, la de la buena poesía. Desde ella derrama emociones y expresa con palabras que adquieren sentidos impensados, sentimientos que nos desbordan: “Detrás / vendrán los otros con el olvido / anudado en palabras de campanas / de solitarios toques”. Con un magnífico e impecable soneto en consonante nos recuerda la única certeza que acompaña al hombre desde la cuna: “No des nunca la espalda a la alegría / aunque sea alegría y gozo leve / de las horas vividas en un día”.

La tercera parte del libro es “Compromisos”, una reflexión personal y llena de matices sobre uno de los temas que más ha interesado a los poetas, el paso del tiempo. Nos enseña “el color de sonrisas apagadas /en las fotografías, / las cartas escritas a mano”.

No obstante, no es solo una actitud contemplativa ante lo inevitable, es, a su vez, una rebelión contra lo que sucede, ante las continuas repeticiones de maldades. Mira a los ojos de una patria que se desangra y llora en ese pesar común: “Echa tierra a mis ojos, /que no alcancen mis hijos a ver tanta desgracia”.

Los poemas se suceden en una queja dolorida contra todo: “con mala lengua /digo /de iglesias y de políticos /estribos de la mentira, / los ricos y poderosos, /estribos de la injusticia”.

Continuamente asoma en Julio González Alonso el cervantino culto y prodigioso que le posee. Su poema “Proclama en Ovillejos” no es más que una pequeña muestra de lo antedicho.

La cuarta y última parte de este “Ruido de ángeles” lleva por título “Las otras inocencias”. Comienza con el poema “La casa vacía”, una composición memorable y conmovedora en la que el poeta hace un paralelismo bellísimo con el envejecer, con el paso del tiempo que nos conduce a la muerte, y con la tristeza y desolación que acompaña a una casa cuando se la va despojando de todo lo que la ha dado sentido, los libros, los cuadros… “Salieron los libros. En cajas como almacenes de letras fueron amontonados /y las estanterías ofrecen su vientre vacío al aire, / materia de la nada, oquedades estériles en la estancia silenciosa”.

Siguen cuajando poemas maravillosos donde los ángeles parecen abandonar a un hombre que se entrega al suicidio de su yo, alter ego de la especie, un hombre que presiente “una rebeldía en las persianas bajadas” y que vuelve los ojos a su tierra minera. En ella llora la muerte, entre las montañas de la mina: “El abrazo gigante / de oso verde y negro te robó su abrazo / en lo obscuro de los carbones de la mina”.

Continuamos la lectura de los poemas sin que estos pierdan un ápice de intensidad y frescura, con la autenticidad que nos traslada la verdad poética cuando va acompañada de belleza.: “Así y con una sonrisa firmó su finiquito; / la llamaron los suyos / y a ellos fue; / feliz como la niña que corre a los abrazos”.

El libro se cierra con un poema esperanzador donde la voz poética le pide a ese ángel, que puede no ser más que otro yo que convive con nosotros, que le proporcione aquello que todos ansiamos, un poco de felicidad: “Deja, ángel mío, que la noche pase; / del día dame el sol en la mañana, / dame para el amor cárcel de besos, / para mi libertada dame tus alas”.

En la lectura nos aproximamos a un poeta que domina el verso y su cadencia, que dota a los poemas de una sonoridad expresiva de lo más atrayente para el lector. Estamos ante un poeta que domina a la perfección las armas del lenguaje poético, que conoce a los clásicos, que domina los metros y que posee, además, lo más difícil, ya que no se adquiere con el conocimiento, inspiración y sensibilidad. Leer a Julio González Alonso, al estudioso cervantino, al poeta excelso, es jugar con trampas, ya que jugamos con las cartas marcadas. Convierte a los lectores en tahúres del verso. Al leerlo, sabemos que su poesía permanecerá al margen y sobrevolará por encima de las tendencias y de las modas.

Tras aquel Lucernarios que tanto me conmovió, nos llega este nuevo libro cuando el poeta se halla en un momento inmejorable de plenitud creativa. Desde sus versos nos llama e increpa desde ese cielo donde reside la palabra precisa con un incesante “Ruido de ángeles”.

«Ruido de ángeles», de Julio González Alonso

Juan Francisco Quevedo en el diario Alerta de Santander:

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La Primera República.- Benito Pérez Galdós

Alianza Editorial, El libro de bolsillo
2019

La que manda en ti te propuso que fueras herrero y sabio para ser hombre y no muñeco”

La prosa desenvuelta de Pérez Galdós, culta y libre de encumbrados academicismos, se extiende con naturalidad a través de los cortos días y los acontecimientos de lo que fue y no fue la Primera República Española. No es un texto histórico ni un tratado, sino la recreación novelada de las pasiones y torpezas que dieron origen a una experiencia breve y calamitosa, preñada de idealismo y grandeza tanto como de improvisación, voluntarismo y ambiciones políticas.

Lo más bello del texto galdosiano lo fui a encontrar en la metáfora que construye de la España del futuro. Adentrándose por una prosa que marca un precedente claro de lo que será el realismo mágico, en mitad de los acontecimientos republicanos y los hechos del Cantón de Cartagena sublevado contra el centralismo para proclamar la República Federal, Pérez Galdós nos presenta al político de turno y gobernante como un pelele que ignora los fundamentos de la verdadera Revolución Social, depositados por el autor en el valor de la Enseñanza. Así, en un viaje mágico en el que los dioses helénicos se encarnan en humanos y trabajan con su perfecta belleza hercúlea para forjar las voluntades y virtudes del español del futuro, nos hará la presentación de la Enseñanza, esa diosa en cuerpo de mujer entregada a la tarea de redimir de la ignorancia a las clases proletarias y marginadas, niños y niñas que saldrán de la pobreza por medio del conocimiento y sentarán las bases de una sociedad justa, libre e igualitaria. Sigue leyendo

Acerca del prólogo a las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra

Acerca del prólogo a las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes Saavedra

Lejos de los 22 años que tenía cumplidos antes de huir a Italia e intentar escapar al riguroso castigo de serle amputada la mano derecha en condena por las heridas inferidas a Antonio de Sigura en una mala partida, y que más tarde la batalla de Lepanto se cobrará con la herida de su mano izquierda, Miguel de Cervantes, concluida y publicada la primera parte de su don Quijote, enfrenta el prólogo de las Novelas Ejemplares en el que, con más amargura que sorna, da comienzo con su autorretrato: Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada; de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Éste, digo, que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre del dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Sigue leyendo

Las calles de La Pola de Gordón

Las calles de La Pola de Gordón (León)

Fue carretera general. Paralela al río Bernesga, La Pola se deja atravesar por su calle principal, calle Real a principios del siglo XX, de Fernando Merino después de la guerra civil del 36 y ahora, creo, de la Constitución. En fin, que como ocurre con casi todos los rincones y plazas, los distintos nombres acompañan también a esta calle que pudo ser Mayor y que siempre ha sido la Principal, aunque con minúscula.

Nos entra (o nos mete, para los más puristas) esta calle en La Pola un poco más abajo de lo que fue Fábrica de Harinas, hoy arruinada, justo a la altura del nuevo puente que lleva los camiones hasta la boca de los túneles del tren de alta velocidad atravesando la antigua vega. Y nos va subiendo, calle arriba, dejando a la derecha el Preventorio, luego la plaza del Ayuntamiento o Concejo de Gordón, a la izquierda una estrecha calle que nos permite alcanzar la antigua plaza del Mercado, del Cardenal Aguirre y otros nombres que también llevó esta interesante plaza, y un poco más adelante, en el centro del pueblo, arranca de ella la calle que, cruzando el viejo puente de hierro, te acerca a la también ya vieja estación del tren y que, convirtiéndose en carretera, te sube hasta Los Barrios al pie del castillo de Gordón. Sigue leyendo

Benito Pérez Galdós

Benito Pérez Galdós, a los cien años de su muerte y los ciento ochenta de su nacimiento

De Benito Pérez Galdós, ¡qué puedo decir yo! No sé a cuántos ni dónde leí la afirmación de que se trata del más sólido e importante escritor en lengua española después del indiscutible Miguel de Cervantes Saavedra. Max Aub asegura desde la altura de su autoridad que “desde Lope de Vega ningún escritor fue tan popular (ni) desde Cervantes ninguno (fue) tan universal”. Yo no tengo ninguna razón para contradecir esta afirmación, y mucho menos cuanto más voy ahondando en la lectura de su obra, que tanto me gusta, sorprende y hace disfrutar por la agudeza en el tratamiento de sus personajes, la plasticidad de sus descripciones en la diversidad de los paisajes que tan bien se amoldan o tan bien moldean el carácter, las costumbres y el modo de ser de los protagonistas de sus novelas. El vocabulario rico, amplio, escogido, preciso, escrupulosamente limpio, se recrece en una sintaxis creativa de afortunados giros, con expresiones tan concisas y apropiadas a las situaciones como si fueran un guante de paño fino o buena seda vistiendo con delicadeza la mano que lo calza. Su prosa, que es una afortunada recreación de personajes y escenarios, lo es también –según he leído y comparto- la de “un narrador excepcional de toda una época”. Entre los palos que sustentan el sombrajo de dicha prosa encontramos el humor inteligente, la sátira bien orientada, la guasa y el recurso, tan cervantino, de la ironía. Yo –en la misma línea cervantina- agregaría la nota de optimista mirada a la vida y la actitud positiva que nos abre las puertas de la esperanza.

El tratamiento de esta figura señera de la Literatura por parte del régimen dictatorial instaurado tras la derrota de la II República por los sublevados, fue de marginación y censura debido a las convicciones republicanas y socialistas del autor de los Episodios Nacionales. La izquierda derrotada hizo los esfuerzos que pudo desde el exilio para publicar sus obras y reconocer la importancia de este fecundo escritor. Y es de saber que Benito Pérez Galdós fue un hombre de ideología liberal que tomó parte en la política como republicano, que sufrió sus desencantos y participó también de muchas ilusiones sobre el futuro de España, lo que le llevó a una buena amistad y colaboración con Pablo Iglesias, fundador del Partido Socialista Obrero Español. No fue religioso, pero tampoco se le puede tachar de anticlerical e iconoclasta. Sigue leyendo

Cervantes: la historia de un perdedor

Cervantes: la historia de un perdedor, autor de una obra eterna
Jesús Maeso de la Torre

Del autor del artículo, se dice lo siguiente en la revista literaria Zenda (23 de abril de 2018):

Jesús Maeso de la Torre (Úbeda, 1949) es uno de los autores de novela histórica más reconocidos de nuestro país. Estudió Magisterio en su ciudad natal y posteriormente obtuvo una licenciatura en Filosofía e Historia por la Universidad de Cádiz. A lo largo de su carrera ha simultaneado la docencia con la literatura y la investigación histórica. Ha recibido los prestigiosos premios Caja Granada de Novela Histórica y de la Crítica por La cúpula del mundo. Es académico de número de la Real Academia Hispanoamérica de Ciencias, Artes y Letras, ateneísta de mérito del Ateneo Literario, Científico y Artístico de Cádiz y miembro de la Sociedad Andaluza de Estudios Históricos y Jurídicos. Ha colaborado en medios como los periódicos El País, La Voz de Cádiz y Diario de Cádiz, y las revistas Clío, Andalucía en la Historia, Más Allá, Muy Historia e Historia y Vida, entre otras. Es autor de las novelas Al-Gazal, Tartessos, El Papa Luna, La piedra del destino, El sello del algebrista, El lazo púrpura de Jerusalén, La cúpula del mundo, En una tierra libre, La caja china (Ediciones B, 2015) y La dama de la ciudad prohibida (Ediciones B, 2016).

Méritos y experiencia le sobran a Jesús Maeso para exponer con sobrada solvencia su visión sobre el personaje de Miguel de Cervantes. Subraya su condición de perdedor, que no de fracasado, en el contexto histórico y literario de su época, y entiende que su amargura y desengaño le llevó a enfrentar el Quijote tal y como lo hizo.

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Don Eugenio, Genín

Don Eugenio, Genín

Con el invierno, me vino a la memoria la imagen amable de aquel hombre pegado a su pipa, de baja estatura, afable e inquieto, que pasamos de llamarle Genín a don Eugenio cuando empezó a darnos clases de dibujo en el Instituto de La Pola.

No sé qué títulos tenía para dar clase, pero sí sé que se desvivió por las clases de dibujo y ayudando en la elaboración de decorados para las obras de teatro, sobre todo en las Navidades. Su inquietud y saber hacer con el dibujo y la pintura revelaban su parte más sensible y su gran capacidad de observación.

No sé, tampoco, si se conservarán algunas de sus obras, de las que recuerdo, sobre todo, un precioso óleo que representaba una cabeza de Jesucristo con un acabado de la corona de espinas que dolía con sólo mirar el cuadro, junto con otros de crucifixiones, alguna virgen y otros paisajes de factura impecable.

Tuve ocasión de visitar su casa varias veces, de la que admiraba, además de sus pinturas, la imponente biblioteca en la que reinaba un Espasa completo de la época, más de doce o catorce de aquellos enormes tomos enciclopédicos con sus apéndices. Y la galería orientada al sur en donde había establecido su taller de pintura. El espacio amplio y luminoso y la compañía de los lienzos y los libros, el olor a pinturas y disolvente, componían una atmósfera apacible, silenciosa, que adivinaba impregnada de inspiración y trabajo creativo. El rincón del artista. Sigue leyendo