Antonio Machado. Ligero de equipaje

Antonio Machado. Ligero de equipaje

(26/07/1875 a  22/02/1939)

Dos amores. Leonor Izquierdo, primera novia, primer ángel, única esposa del autor andaluz nacido en Sevilla. Pilar de Valderrama, transformada en Guiomar, en Dulcinea de amores imposibles ardientemente platónicos. Por los dos amores sufrió y vivió: por la muerte temprana de su esposa y por la imposible e inalcanzable, sino en sueños y versos, Pilar.

Tres amores. El tercero, aún más ancho y más hondo, de raíces profundas de olmos centenarios y páramos de cereales, de ríos y cordilleras que recorren toda España, también le alcanzó el alma, el aliento, la vida. El último de los representantes de la Generación del 98 sintió y escribió la certera herida al costado de la historia:

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios;
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Hizo 75 años ya, en 2014, de la muerte de Antonio Machado, maltrecho y malherido por tantas muertes de una guerra civil y un exilio que fue como el paredón de fusilamiento en el que entregó sus sesenta y cuatro años de existencia. Antes, tuvo que pasar por otros dolores y otras despedidas, como la de su joven amigo Federico García Lorca, escribiendo con infinita tristeza y rabia infinita:

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
… Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

El último viaje del poeta Antonio Machado, Madrid,  Valencia, Barcelona, Roset (Gerona), Viladasens (Gerona), Colliure (Francia), es también el último de una España republicana derrotada. Atrás quedaron los sueños de amor. Ligero de equipaje, como había vivido siempre, llegó a la estación donde le esperaba el último tren. Y así nos dejó.

De familia culta y numerosa, el segundo de cinco hermanos, su padre fue un apasionado investigador del folclore andaluz y gallego, amigo de Juan Costa y Giner de los Ríos; su abuelo, profesor de la Universidad Central de Madrid; su hermano Manuel, escritor con el cual compartirá parte de su creación literaria en forma de obras de teatro. Pero también lo fue de familia que sufrió dificultades económicas tras las muertes sucesivas de su padre y su abuelo, lo que obligaría a Antonio a suspender temporalmente sus estudios.

Las relaciones culturales e intelectuales de Antonio Machado fueron muy amplias; además de la amistad con el poeta y dramaturgo granadino tras su encuentro en Baeza, conoció y tuvo contacto más o menos estrecho con Valle Inclán, Óscar Wilde, Pío Baroja, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez y Miguel de Unamuno. De unos y otros tuvo ocasión de aprender y a todos enseñar el profesor de instituto en Soria, Baeza, Segovia y Madrid.

Su poesía, cada vez más alejada del Modernismo, hace hincapié en el sentido existencial de la temporalidad concibiéndola como un diálogo íntimo y personal del hombre con su tiempo. Genuino creador de multitud de símbolos personales muy reconocibles en sus poemas, como el viajero, el camino, la luz, la tarde, las abejas, las moscas, las galerías, el agua, la noria o la lluvia, rechaza la poesía surrealista porque, explica, carece de estructura lógica, y afirma que en la poesía es el sentimiento el que tiene que impregnar las imágenes, las cuales carecerán de valor si sólo parten del intelecto.

Nos deja Antonio Machado el regalo de la práctica de una estrofa atribuida originalmente a Gustavo Adolfo Bécquer, la llamada silva arromanzada, formada por versos imparisílabos de arte menor y mayor, incluyendo los alejandrinos (7+7), con rima asonante en los versos pares:

Caminos

De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena. El río va corriendo

entre sombrías huertas
y grises olivares
por los alegres campos de Baeza.  Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.  Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.  El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.  Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos…
¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

Hizo, en aquél de 2014 y en aquel día 22 de febrero, setenta y cinco años de la muerte de un poeta como Antonio Machado. Que todos los días del año mueren personas, o son muertas, es un hecho incuestionable y una observación excusable. Entre esas personas se nos van yendo los poetas, unos más conocidos, otros menos, otros muchos desconocidos, anónimos e invisibles, que dejan su huella leve entre los números ingentes de poemas del mundo.

No es la muerte, sin embargo, lo más doloroso. Es cómo se muere. Y cuando con un hombre íntegro y cabal como Antonio Machado muere todo un país como España, la tragedia del dolor se hace insufrible.

Pero aquí estamos para enfrentar el dolor y aprender de él. Para que no se repita y las personas y los poetas se nos mueran en un país vivo, bajo su protección, arropados por su abrazo y el amor de su compañía. Porque no sea nunca más necesario escribir de nuevo los versos de Antonio Machado, leámoslos con la emoción de la poesía y que, aprendiendo las almas, sea la paz el camino hecho al andar.

Julio González Alonso

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