Ruido de ángeles

Un libro es bueno si tiene buenos lectores y, en el caso del último publicado de mi autoría tras “Testimonio de la desnudez” y “Lucernarios“, éste de “Ruido de ángeles“, prologado por María Merino Calero (Ed. Vitruvio,.-Madrid, 2020), ha tenido la inmensa fortuna de gozar de la lectura de un inmejorable lector, el escritor y poeta Juan Francisco Quevedo. De cuanto dice en su artículo para el diario Alerta, de Santander, sólo puedo comentar que ha sabido penetrar en el sentido y finalidad de los poemas como el experto cirujano abre, muestra y cura en la herida. Y que le quedo muy agradecido por este gesto altruista y amigo.

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También, de manera más extensa, aparece este artículo en la revista “Culturamas“:

«Ruido de ángeles», de Julio González Alonso

Nos llega el poeta Julio González Alonso con su Ruido de ángeles (Vitruvio, 2020) bajo el brazo. Sin duda, un regalo para los lectores de poesía. Tras el inmejorable sabor de boca que nos dejó Lucernarios, esperábamos ansiosos esta nueva incursión del autor en el mundo editorial. Y no defrauda, bien al contrario nos ratifica en lo que pensábamos, estamos ante un poeta de un lirismo impecable, de un dominio del verso magnífico que hace del poema una aventura rítmica fascinante. Nos reconcilia ya no con una manera de entender la poesía sino con ella en sí misma.

El libro se divide en cuatro partes perfectamente estructuradas, lo que hace que en seguida percibamos que estamos ante un libro que se ha ido cuajando con la vocación de darle un sentido unitario y que es mucho más que una reunión fortuita de buenos poemas.

De los justos” es el título de la primera parte del libro; se abre con un poema alegórico contra la violencia de nuestros actos como especie, de esos tiempos que surgen “cuando entregasteis la paz a las espadas”. Es decir, de cualquier tiempo. Julio González Alonso mira al pasado con la intención de evidenciar la injusticia del presente, nos transporta a unos años intemperantes por los que se desangra la historia de los pueblos. Lo hace con los aromas que nos traen las guerras, donde el olor del incienso se transmuta por el de la pólvora. En ese terrible contexto el hedor que provoca la muerte se entremezcla con las oraciones de los que matan, de los que se refugian en ellas para justificar la barbarie: “los campos yermos dejan pasar el viento / de los sirios que huyen / sin mirar atrás”.

Con este hilo conductor, poniendo la mirada en Oriente y en el Sur, el autor consigue que el lector se identifique con el sufrimiento de los que huyen, sea de las guerras y la violencia, o sea de la miseria y el hambre. En un soneto consumado fija esa mirada: “Les firmarán papeles, documentos, / escribirán sus nombres, luz oscura, / en una lista de vuelta a la miseria”.

Con el nombre de una mujer, Ruqia Hassan, se abre un poema estremecedor que da cuenta de la crueldad criminal que se puede llegar a ejercer en nombre de cualquier dios. Un mundo que calla y permanece ciego avala en cierta manera la ignominia que nos invade y que se justifica en el silencio. Nada se esconde a la mirada dolorida del poeta, como en una letanía interminable maldice cualquier violencia que se ejerza en nombre de la costumbre, como la que se practica contra esas niñas a las que se mutila salvajemente a la vez que se las cercena el futuro.

En un poema desalentador nos remueve y sacude la conciencia al desenmascarar a los exégetas de todos los tiempos que viajan a través de los siglos devastando con sus ideas y con sus manos lo que va quedando de un mundo que agoniza entre el ruido asombrado y entristecido de unos ángeles que “se miran confundidos”: “Oigo ruido de ángeles; / las ciudades, mientras tanto, arden en guerra, / la misma guerra por los siglos de los siglos”.

La segunda parte se titula “La vida me mira”. “Carta” es su primer poema; un diálogo inacabado, tanto como el mundo, que siempre existirá mientras haya un ser con conciencia en la tierra. Los sueños incumplidos, los razonamientos sin una respuesta precisa, la vida que nos mira mientras nos llega “la hora de marchar”. Progresa el libro con un canto alegre, una invitación a la vida y a su disfrute: “Que este dolor sea el último. Abre al día / los ojos”.

En esta parte quizás, más que a reconciliarnos con la vida, invita a los lectores a reconciliarse consigo mismos. Incita a que nos agarremos a la existencia con calma, con la quietud debida para poder degustarla en toda su extensión y con total plenitud: “Hoy te quiero y te nombro, pongo al amor palabras / que habitan los jardines de la melancolía / como habitan la lluvia las gotas de los versos”.

Nada elude la voz poética mientras contempla la vida: el asombro ante la naturaleza, la muerte y su certeza, el tedio de algunos días y la monotonía cuando se convierte en tiempo desperdiciado: “¡dime, vida, por qué tantos momentos / tan vacíos de música y colores / o de una voz de ardientes sentimientos!

Julio González Alonso mantiene a lo largo del libro un tono poético de un lirismo encendido, una poesía que se saborea con el regusto que deja en el fondo del paladar lo clásico. Estamos ante un poeta que no necesita suscribirse a ninguna otra tendencia que aquella en la que ya milita, la de la buena poesía. Desde ella derrama emociones y expresa con palabras que adquieren sentidos impensados, sentimientos que nos desbordan: “Detrás / vendrán los otros con el olvido / anudado en palabras de campanas / de solitarios toques”. Con un magnífico e impecable soneto en consonante nos recuerda la única certeza que acompaña al hombre desde la cuna: “No des nunca la espalda a la alegría / aunque sea alegría y gozo leve / de las horas vividas en un día”.

La tercera parte del libro es “Compromisos”, una reflexión personal y llena de matices sobre uno de los temas que más ha interesado a los poetas, el paso del tiempo. Nos enseña “el color de sonrisas apagadas /en las fotografías, / las cartas escritas a mano”.

No obstante, no es solo una actitud contemplativa ante lo inevitable, es, a su vez, una rebelión contra lo que sucede, ante las continuas repeticiones de maldades. Mira a los ojos de una patria que se desangra y llora en ese pesar común: “Echa tierra a mis ojos, /que no alcancen mis hijos a ver tanta desgracia”.

Los poemas se suceden en una queja dolorida contra todo: “con mala lengua /digo /de iglesias y de políticos /estribos de la mentira, / los ricos y poderosos, /estribos de la injusticia”.

Continuamente asoma en Julio González Alonso el cervantino culto y prodigioso que le posee. Su poema “Proclama en Ovillejos” no es más que una pequeña muestra de lo antedicho.

La cuarta y última parte de este “Ruido de ángeles” lleva por título “Las otras inocencias”. Comienza con el poema “La casa vacía”, una composición memorable y conmovedora en la que el poeta hace un paralelismo bellísimo con el envejecer, con el paso del tiempo que nos conduce a la muerte, y con la tristeza y desolación que acompaña a una casa cuando se la va despojando de todo lo que la ha dado sentido, los libros, los cuadros… “Salieron los libros. En cajas como almacenes de letras fueron amontonados /y las estanterías ofrecen su vientre vacío al aire, / materia de la nada, oquedades estériles en la estancia silenciosa”.

Siguen cuajando poemas maravillosos donde los ángeles parecen abandonar a un hombre que se entrega al suicidio de su yo, alter ego de la especie, un hombre que presiente “una rebeldía en las persianas bajadas” y que vuelve los ojos a su tierra minera. En ella llora la muerte, entre las montañas de la mina: “El abrazo gigante / de oso verde y negro te robó su abrazo / en lo obscuro de los carbones de la mina”.

Continuamos la lectura de los poemas sin que estos pierdan un ápice de intensidad y frescura, con la autenticidad que nos traslada la verdad poética cuando va acompañada de belleza.: “Así y con una sonrisa firmó su finiquito; / la llamaron los suyos / y a ellos fue; / feliz como la niña que corre a los abrazos”.

El libro se cierra con un poema esperanzador donde la voz poética le pide a ese ángel, que puede no ser más que otro yo que convive con nosotros, que le proporcione aquello que todos ansiamos, un poco de felicidad: “Deja, ángel mío, que la noche pase; / del día dame el sol en la mañana, / dame para el amor cárcel de besos, / para mi libertada dame tus alas”.

En la lectura nos aproximamos a un poeta que domina el verso y su cadencia, que dota a los poemas de una sonoridad expresiva de lo más atrayente para el lector. Estamos ante un poeta que domina a la perfección las armas del lenguaje poético, que conoce a los clásicos, que domina los metros y que posee, además, lo más difícil, ya que no se adquiere con el conocimiento, inspiración y sensibilidad. Leer a Julio González Alonso, al estudioso cervantino, al poeta excelso, es jugar con trampas, ya que jugamos con las cartas marcadas. Convierte a los lectores en tahúres del verso. Al leerlo, sabemos que su poesía permanecerá al margen y sobrevolará por encima de las tendencias y de las modas.

Tras aquel Lucernarios que tanto me conmovió, nos llega este nuevo libro cuando el poeta se halla en un momento inmejorable de plenitud creativa. Desde sus versos nos llama e increpa desde ese cielo donde reside la palabra precisa con un incesante “Ruido de ángeles”.

«Ruido de ángeles», de Julio González Alonso

Juan Francisco Quevedo en el diario Alerta de Santander:

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