Al morir don Quijote

No quisiera dejar pasar la ocasión de recomendar una lectura  para la cual no hace falta haber leído previamente el Quijote y que viene servida de la mano de Andrés Trapiello con el título Al morir don Quijote (Ediciones Destino, Barcelona.-2004).

El escritor leonés (Manzaneda de Torío, León.-1953), apasionado de la obra cervantina en general y del Quijote en particular, recrea en esta novela la vida de los personajes que dan vida al Quijote una vez que éste ha muerto. No es difícil hallar referencias a la obra cumbre cervantina en otras publicaciones de este autor, como se puede leer en su premio Nadal 2003, Los amigos del crimen perfecto (pag.48) (Destino, Barcelona.-2003): Las novelas policiacas clásicas, como yo las entiendo, son cosa de hombres, como las de caballería. ¿Quién es Dulcinea? Nada, nadie, una sombra, el deseo de don Quijote. Por eso el Quijote no les gusta a las mujeres. Allí no sale una mujer romántica, que suspira. El que suspira es el hombre, y eso a las mujeres no les gusta ni en la vida ni en las novelas. O como agrega más adelante (pág. 287): a don Quijote, para vivir, le bastaba con lo ficticio. Lo necesario acabó con su locura, pero también con su vida.

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La locura, protagonista del Quijote

La locura, protagonista del Quijote

Como en todos los temas felizmente inconclusos del Quijote, éste de la locura acabará con más preguntas y dudas que explicaciones. Pero resulta inevitable referirse a él, puesto que Miguel de Cervantes lo puso en el centro de la novela. Y como todos los demás temas, lo hizo con una claridad que, de meridiana, resulta sospechosa, además de manejarlo de tal modo que la ambigüedad campara por entre los recovecos de los personajes y las situaciones.

¿Y si empezamos por el título? ¿Por qué “el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” y no “el loco caballero don Quijote de la Mancha”? Porque si en las veces que a lo largo de la novela Cervantes lo tilda de loco en boca de cuantos presencian las acciones del caballero que quieren y pretenden ser aventuras, si al mismo don Quijote le hace referirse y discutir su estado, si Sancho Panza no duda en llamarle  mentecato y loco y si, finalmente, cuando don Quijote desaparece y pasa a la eternidad de la vida literaria y la fama inmortal para que muriera Alonso Quijano el Bueno y va a ser el mismo Alonso Quijano quien confiese haber sido loco para morir cuerdo, ¿qué significa el apelativo de “ingenioso” en la cabecera del título?

Ingenioso se dice y decía de la persona que tiene la capacidad de inventar y crear cosas; también de quien resulta ser gracioso y ocurrente. Loco se entiende como la persona que ha perdido el juicio y su conducta no es la normal, incapaz de actuar racionalmente. La conducta normal es la que se observa en la mayoría de las personas, llevada a cabo en la sociedad en la que viven y que ven e interpretan la realidad de la misma manera, aceptando las mismas pautas de comportamiento.

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El éxito del Quijote

Miguel de Cervantes, en plena crisis de la encrucijada renacentista, intuyó para su obra El ingenioso hidalgo Don Quixote de La Mancha, con título en su primera parte, e intitulada en la segunda El ingenioso cavallero Don Quixote de La Mancha, un éxito sin precedentes en la Literatura Universal; intuición que arranca desde las primeras páginas de la introducción a la citada primera parte de la obra, con el soneto que Cervantes pone en boca de Amadís de Gaula dirigido al propio Don Quijote y que cierran  proféticamente los tercetos:

vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta esfera
sus caballos aguije el rubio Apolo,

tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo único y solo.

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La ruta de Don Quijote.- Azorín

La ruta de Don Quijote
Azorín

Edición de José María Martínez Cachero
Cátedra-Letras Hispánicas.- Madrid, 1992

En todo viaje hay una legua de mal camino”, le espeta J. Ortega Munilla a Azorín, en aquel año de 1905, cuando el director de El Imparcial le encarga una serie de artículos sobre la Mancha quijotesca para el tercer centenario de la publicación del Quijote, le pone una pistola en las manos al sorprendido periodista y remata la advertencia con “y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar”.

Y es que viajar por La Mancha o por cualquier extensión española a principios del siglo XX, y hacerlo a golpe de rueda de carreta, no era moco de pavo. Las precauciones, no obstante, no fueron necesarias y los aproximadamente quince días de periodismo de Azorín transcurrieron con y con fortuna y sin un solo tiro.

La ruta de don Quijote” es, en fin, un libro de viajes naturales, físicos, materiales y literarios. El estilo de Azorín, prolijo en explicaciones, descripción de paisajes y perfiles psicológicos y antropológicos de las personas hechas personajes de las que nos habla, goza de frescura y algunas redundancias y, sobre todo, parten de un hecho preconcebido sobre los escenarios quijotescos. La discusión de la patria del hidalgo, ¿manchego o manchado? ¿o ambas cosas?, está resuelta de antemano a favor de Argamasilla de Alba. Y Azorín se pone a la tarea de escudriñar las razones de tal patria en la genética de sus habitantes, su idiosincrasia, habitados en su ser por esa recia hidalguía de la que, en sus formas, formaba parte la hidalguía del Caballero de la Triste Figura. Allí, en Argamasilla, encontrará en la vida, locura y curación de uno de sus prohombres, puesto en pintura sobre lienzo en la iglesia, la vida, locura y curación de un don Quijote, alter ego de Alonso Quijano, el Bueno, puesto sobre papel en pintura de palabras por Cervantes. Sigue leyendo

Niebla.- Miguel de Unamuno

Niebla
Miguel de Unamuno

Edición de Harrier S. Stevens y Ricardo Gullón
Taurus Ediciones, S.A. 1982.- Madrid
ISBN: 84-306-4028-2

Creo que es la segunda vez que leo Niebla, aunque de la primera apenas recuerdo vagamente algunos pasajes y encontrado algunas emociones. Y me alegra haberme acercado de nuevo a este libro de mi librería, que ahora vuelve con honra a su lugar en la balda correspondiente.

Digamos qué encontré y cómo. Los personajes, aparecen entre la niebla, desdibujados, indecisos, llenos de dudas y contradicciones, para brillar luego fugazmente un minuto y volver a la niebla, la nada. Como las personas. La vida del personaje es regalo y ocurrencia del escritor, su creador. ¿La vida de las personas también es regalo de su creador? ¿Nos sugiere Unamuno la existencia de un Dios creador?

El escritor decide sobre sus personajes hasta su muerte; la ilusión del personaje es llegar a creer que es él mismo quien dirige libremente sus acciones, e incluso que puede decidir su final, es decir, suicidarse. ¿Es el personaje y su realidad la realidad de la persona? No lo sé. Sigue leyendo

La buena sombra. Homenaje a Luís Pastrana Giménez, Cronista de la ciudad de León

La buena sombra

El Día del Libro nos acerca, a través de las páginas escritas, a sus hacedores, esas personas abnegadas en el trabajo de las palabras que llamamos escritores.

Los escritores son, se me antoja, hermosos troncos que sujetan y multiplican en las hojas de sus ramas el oxígeno que enriquece el aire que respiramos. Son vida.

Los árboles nos dan vida, también, con su sombra. Cuando desaparecen los árboles, desaparece la sombra, y un hueco con luz extraña se abre en torno de lo que fue el espacio que ocuparon sus troncos y la frondosidad de sus ramas; desaparece el rumor del aire y nos sobrecoge una indescriptible sensación de orfandad. En invierno nos traen sombras grises de agua y frío desprendidas de las ramas sin hojas. En verano, la rotundidad de un sol vencido en las copas verdes. En la primavera, sombra fresca de tallos nuevos y lluvias. Otoño es sombra larga envuelta en colores que se van haciendo lentamente para volar al suelo.

Sin luz no hay sombra; sin árboles no hay sombra buena, que es, incluso, la sombra de otra sombra mayor que es la noche.

De sombras buenas viven las personas buenas; que luego están las malas sombras, sombras hechas con los mordiscos que da la vida… Sigue leyendo

El Señor de Bembibre.- Enrique Gil y Carrasco

La edición que yo tengo es de Clásicos Ebro (Editorial Ebro, Zaragoza.-1982), pero cualquier edición de la que dispongáis será una gran ocasión de disfrutar la prosa de Enrique Gil y Carrasco, este leonés del Bierzo, definido como el poeta de la melancolía que escribió en este género propio del romanticismo como es la novela histórica.

El espíritu romántico se manifiesta en sus facetas más singulares: la evasión de la realidad, el libre juego de la fantasía, la evocación de la Edad Media y la exaltación pasional (sic) (Prólogo de la edición Ebro).

El argumento de la novela trata de una historia de amor entre los jóvenes de dos grandes familias de la nobleza leonesa, una de ellas perteneciente a la poderosa Orden del Temple, cuyo maestre ocupaba el castillo de Ponferrada. La imposibilidad de llevar a buen puerto las relaciones y amores iniciados entre los jóvenes de la historia, desembocará en una serie de situaciones dramáticas entre las que, junto a la historia desgraciada de los amantes, se suceden los acontecimientos que irán minando y destruyendo el poder de los templarios.

Pero la belleza de esta novela, en mi opinión, se crece en las descripciones del paisaje, de manera que éste, lejos de aburrirnos o poner trabas a la narración, cobra singular importancia, se fusiona con la historia de manera genial y llega a ser, por derecho propio, un personaje más de la novela.

Magnífico nuestro paisano Enrique Gil y Carrasco.

González Alonso

JOSÉ SARAMAGO, el escritor portugués

José Saramago.A pocas horas del día 18 de junio del año 2010, J.Saramago nos entregó toda su vida y su obra, yéndose discretamente, lúcido y -presumo- con la entereza de su honestidad como hombre y como escritor universal. Todo esto carece de relevancia. La muerte es una cita inexcusable; lamentarla es ejercicio inútil, celebrarla es algo estúpido. Lo relevante es el hombre que nos queda para siempre en los pensamientos, las ideas, los sentimientos y las pasiones reveladas en cada una de sus palabras. Lo fundamental es la luz de su inteligencia, que permanecerá encendida en cada uno de sus artículos, poemas y novelas.

José Saramago, portugués de raíz, de hondo amor a su tierra, auténtico, completo, tuvo la entereza moral de mantener la coherencia de su pensamiento plantándose ante la servidumbre del poder cuando las autoridades lusas impiden su presentación al Premio Literario Europeo de 1991 tras la publicación de la novela El Evangelio según Jesucristo porque, según el gobierno, ofendía a los católicos, y se traslada a la isla de Lanzarote (Islas Canarias, España) en un autoexilio que se prolongará  por más de veinte años hasta su muerte.

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Cervantes y la invención del Quijote.- Manuel Azaña

Cervantes y la invención del Quijote.- Manuel Azaña
Biblioteca ELR Ediciones. Edición de David Hernández De La Fuente. (Madrid, 2005)

El descubrimiento de este libro en mi primera y única visita a la ciudad de Alcalá de Henares, se debió a una de tantas casualidades mientras recorría una feria del libro instalada en una de sus plazas. Me llamó inmediatamente la atención por dos razones, a cual de mayor peso; una, que el tema tratado resultaba ser Cervantes y el Quijote; otra, que el autor de la obra fuera Manuel Azaña. Podría añadir aún una tercera, más anecdótica, como es la circunstancia de que tanto Miguel de Cervantes como Manuel Azaña sean, ambos, hijos de Alcalá de Henares, lo que les hermana en nacimiento tanto como el destino les hermanó en sus vidas, aún separadas por cientos de años, al haber alcanzado ambos una talla singular como novelista y escritor, uno, y como intelectual, ensayista, político y estadista, el otro. A ninguno de los dos les privó España de disgustos y contrariedades, para que la semejanza fuera más acabada.

No imaginaba en Manuel Azaña esta frescura de lenguaje, de belleza exquisita, corrección y alto estilo, al prevalecer en mí la idea de un hombre entregado a la brega política, segundo y último Presidente de la II y última República. Pero, claro, no en vano recibió el Premio Nacional de Literatura en 1926 por la Vida de Juan Valera. El erudito y gran orador que fue se nos manifiesta en la conferencia que recoge este libro, celebrada el 3 de mayo de 1930, como un avezado ensayista capaz de proyectar con inteligencia y rigor una mirada moderna y culta sobre Cervantes y su obra para hacer una interpretación del Quijote totalmente alejada de los sesgos nacionalistas.

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El Quijote de Avellaneda

El Quijote de AvellanedaEl ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Alonso Fernández de Avellaneda

Colección Clásicos de Biblioteca Nueva
Madrid.-Segunda edición, mayo de 2005

Malo es todo aquello que para el fin deseado vale poco” (El Quijote de Avellaneda, cap. XVII)

Si hacemos buena la cita de la entradilla, podemos dar por terminado este artículo. Pero sin hacerla mala, la novela apócrifa El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Alonso Fernández de Avellaneda, sólo por el hecho de haber sido escrita al calor del Quijote de Cervantes merece, cuanto menos, nuestra atención y, sin duda, nuestro respeto.

Una vez concluida la lectura de este Quijote, y aún mucho antes, tuve la certeza de que, de haber sido éstas las aventuras dadas a conocer en primer lugar del hidalgo manchego, habrían pasado, aventuras y caballero, sin mayor pena ni gloria por el mundo.

Pero la lectura de este Quijote de Avellaneda es muy recomendable. La edición de Luis Gómez Canseco es extraordinaria, seria, rigurosa y bien documentada con el estudio en profundidad de los recursos que Avellaneda utilizó y desarrolló a lo largo de su obra. Otro aspecto interesante de esta edición es la profusión de notas y datos que permiten aventurar con garantía la identidad del autor que se esconde tras Alonso Fernández de Avellaneda. Partiendo de la imposibilidad a día de hoy de una demostración categórica, yo no tengo escrúpulos en dar por descartada y por cierta la autoría de Lope de Vega. No sólo las circunstancias conocidas de las difíciles relaciones entre éste y Miguel de Cervantes, sino todas y cada una de las pistas dejadas por Avellaneda, referencias, estilo, fraseo, citas y lo  escrito en el prólogo con las alusiones al Santo Oficio del que formaba parte, además de los elogiosos párrafos dedicados sin pudor al teatro de Lope de Vega, nos inclina a pensar que así fue.

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