Marcelino y su carretilla

Marcelino y su carretilla

Entre tantos como fueron en aquella década de infancia de los 50 del pasado siglo XX en La Pola de Gordón, me viene a la memoria la imagen de Marcelino y su carretilla. Era un hombre joven, con una chepa no demasiado prominente, moreno y de estatura mediana, que no gozó de muchas luces ni, en ocasiones, de demasiadas buenas intenciones cuando hacía alguna de las suyas entre la ropa tendida a la orilla del río o cualquier otra barrabasada.

Aunque no llegó a aprender a leer ni escribir, lo de ser maestro para mandar y tener a los guajes quietos debió de gustarle bastante, así que era frecuente que los niños y niñas más pequeños del pueblo pasaran por su particular escuela organizada al aire libre. Cuando conseguía reunir a media docena de rapaces, los hacía sentar en el suelo y hacer que escribieran o hicieran como que escribían en un trozo de teja, en el suelo o en una pizarra, usando para escribir un trozo de yeso. En fin, que aquella parodia duraba lo que duraba la paciencia de los improvisados alumnos hasta que salían corriendo cada uno en una dirección y Marcelino en la de todos y en la de ninguno, con lo que se daba por finalizada la clase. Sigue leyendo

La moza viuda, libre y rica

La moza viuda, libre y rica

Enterado Sancho Panza de quién era Dulcinea y asombrándose de que se tratara de la campesina conocida como Aldonza Lorenzo, tan diferente en belleza, formas y oficio a la de la dama de los sueños de su señor, don Quijote le espetó esta anécdota breve de carácter didáctico sobre las razones de elección de la pareja para el amor y el matrimonio:

Has de saber que una viuda hermosa, moza, libre y rica, y sobre todo desenfadada, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo; alcanzolo a saber su mayor, y un día dijo a la buena viuda, por vía de fraternal reprehensión: “Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan hermosa y tan rica como vuestra merced se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano, habiendo en esta casa tantos maestros, tantos presentados y tantos teólogos, en quien vuestra merced pudiera escoger como entre peras, y decir: Éste quiero, aquéste no quiero“. Mas ella le respondió con mucho donaire y desenvoltura: “Vuestra merced, señor mío, está muy engañado y piensa muy a lo antiguo, si piensa que yo he escogido mal en fulano por idiota que le parece; pues para lo que yo le quiero, tanta filosofía sabe y más que Aristóteles“. (Sic) (El Quijote.- I, 25) A lo que, tras otras sabrosas disquisiciones, don Quijote agregó: Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sentenciando gravemente a continuación:  Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan.  Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad.

Y si hubiera que sacar más de una conclusión, yo me quedaría con el cuento de que la honestidad y la rectitud de los sentimientos importan más que el linaje en muchos negocios, entre ellos, el del amor.

González Alonso

El loco que tiraba piedras a los perros

Historia del loco que tiraba piedras a los perros

Cervantes, en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote, inserta este sabroso cuento para hacer saber a Avellaneda, autor de otra segunda parte apócrifa del Quijote y que había criticado de manera agria y desconsiderada la obra original de Cervantes, lo que le puede ocurrir con su actitud y las consecuencias de su conducta. La moraleja, esta vez por delante, viene a ser que…

Había en Córdoba un loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado, se le ponía junto y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiolo su amo, asio de una vara de medir y salió al loco y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?. Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retirose, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: “Éste es podenco:¡guarda!”. En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques, decía que eran podencos, y, así, no soltó más el canto.

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El nudo gordiano

El carro de GordiasEL NUDO GORDIANO

Según se cuenta, en la ciudad de Frigia de Anatolia, la actual Turquía, los ciudadanos consultaron al oráculo para saber quién sería el próximo rey, y el oráculo vaticinó que el próximo rey entraría en la antigua capital montado en un carro de bueyes sobre el que se posaría un cuervo.

Los habitantes de Frigia esperaron expectantes el acontecimiento. Al poco tiempo apareció el pastor Gordias por las puertas de la ciudad y un cuervo negro se posó sobre el yugo de su carro, así que fue coronado rey.

La ciudad de Gordia en AnatoliaGordias poseía por toda riqueza su carreta y sus bueyes. Cuando lo eligieron como monarca, entre otras cosas, fundó la ciudad de Gordio y en agradecimiento a los dioses ofreció a Zeus su carromato, atando a la cruz de la vara el yugo, con tales nudos  que era imposible encontrar un cabo del que tirar para desatarlo ni encontrar una hendidura por la que entrar y deshacer el nudo. Por más que  jóvenes y mayores lo pretendieron,  resultó en vano y el yugo permaneció atado a la cruz del carro del rey de Frigia tan fuerte como el primer día. Entonces, el oráculo vaticinó de nuevo que quien fuera capaz de deshacer el nudo de Gordias sería el rey de un imperio que conquistaría toda Asia.

Alejandro Magno era un niño entonces, pero cuando en su juventud  tomó la decisión Alejandro Magno al frente de su ejército macedoniode  conquistar el Imperio Persa, cruzó con su poderoso ejército macedonio el Helesponto y rindió la ciudad de Frigia. Supo entonces de la profecía y se plantó delante del nudo gordiano con la decisión de soltarlo. Por más que lo intentó, no consiguió encontrar un extremo del que tirar, ni un pequeño resquicio por el que introducirse en sus ataduras; así que, cansado y muy irritado ante el reto que tenía delante, desenvainó su espada y de un solo golpe deshizo el famoso nudo diciendo: “Lo mismo es cortarlo que desatarlo”.

Se cuenta que esa noche una espectacular tormenta de rayos iluminó el cielo y las calles de Frigia, lo que Alejandro interpretó afirmando que Zeus estaba de acuerdo con el resultado. Conquistó y dominó toda Asia.

González Alonso

Alejandro Magno corta el nudo gordiano

La raíz de los problemas

La raíz de los problemas

ahogándoseMientras viajaba, pude oír en la radio la historia de un médico generoso, altruista y humanitario, que paseándose por las orillas de un acantilado oyó que alguien pedía auxilio desde el fondo, donde una persona estaba a punto de morir ahogada. Sin dudarlo se lanzó al agua, rescató a la víctima con gran esfuerzo y mientras estaba reanimándola volvió a oír nuevos gritos de auxilio.

Sorprendido por la coincidencia de encontrar a otra persona ahogándose en el mismo lugar en tan poco tiempo, se lanzó de nuevo al agua y rescató a la segunda víctima, pero apenas transcurridos unos minutos desde el segundo rescate le llegaron de nuevo otros gritos de auxilio desde el fondo del acantilado. Estaba agotado, y sin apenas reponer fuerzas se lanzó de nuevo al agua para rescatar al tercer accidentado. Extenuado por el esfuerzo, cuando apenas había alcanzado a trasladar a la persona que se ahogaba a un lugar seguro en la orilla, otra vez llegan nuevos gritos de auxilio…

El médico se preguntaba, aturdido y cansado, cómo era posible que tantas personas fueran a caer de manera tan continuada por aquel acantilado.

No se le ocurrió preguntarse quién era el sujeto desaprensivo que lanzaba a las víctimas al agua.

González  Alonso

la raíz del problema

De vez en cuando

Buscando comida en los contenedores en mitad de la noche

De vez en cuando

De vez en cuando merece la pena ver llover, caer el frío, reparar en la llegada en medio de la noche de un hombre de apariencia normal, sin paraguas, metiendo la cabeza en los cubos de la basura para buscar comida. Dentro del coche, con la calefacción encendida, el hombre de la calle tiene aún más frío.

Metes la mano en el bolsillo y calculas las monedas sueltas que tienes. No hay nada que llevarse a la boca en los contenedores.

El hombre camina lentamente, ajeno a la lluvia helada y el viento que agita su pelo gris crecido. Se pierde entre las sombras de la calle y las monedas queman en la mano y el hambre en el alma. Ya se ha ido, pero su imagen permanece en la retina de la memoria arropada del frío invernal y el vacío de los contenedores. El motor del coche sigue en marcha y se oye una música intrascendente en la radio.

Luego le cuento a mi hija la escena. –No tienes por qué sentirte mal– me explica –Ese hombre tiene casa y comida. Todo el mundo lo sabe.

Aunque se haya tratado de un pobre loco, yo no lo conocía y las monedas se quedaron en mi mano mientras él se alejó entre la lluvia. Eso no puedo cambiarlo. Sigo sintiéndome mal.

González Alonso

Los delitos del Cañueto (2)

El Cañueto, el bandolero de la Omaña (León)Después de releer los cargos imputados al Cañueto, uno se pregunta en qué coño de sociedad estamos viviendo. No hace falta que gaste memoria en traer aquí a banqueros corruptos como Conde, la familia Rumasa, el fallecido Gil, con muertos en Los Ángeles de San Rafael (Segovia), especulador en Marbella y todo su entorno, amo de equipos de fútbol y un largo etcétera que añadir a estos personajes y otros de su calaña. Pasaron por juzgados, pisaron la cárcel de puntillas, a todo lujo y todo tren, y vivieron y viven orondos y felices de sus robos.

Y el Cañueto, bandolero leonés de nuestras Omañas, encerrado por escapar a pie enjuto de la cárcel para, atravesando media España o España entera, llegarse a sus tierras, a la memoria dura de su infancia, castigada por tanta miseria, pero, al fin, su infancia, la única que tuvo y retiene su dura memoria de hombre echado al monte, no puede hacer valer su voluntad. Acusado de fugarse de una cárcel que lo encerró por ser víctima de la necesidad. Pero, ¿no es el primer derecho de cualquier preso el de fugarse? El Cañueto, que lo hizo por lo limpio y sencillo, con la habilidad del hombre gatuno y avisado de las asechanzas del monte, no tiene reconocimiento de su derecho, el mismo que otros ejercen a golpe de talonario con dinero robado a todos para pagar a abogados indeseables y comprar a jueces corruptos.

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