El caldo de la tartera

El caldo de la tartera

Ahora que se cerraron las minas de carbón y León se queda sin mineros, a mi recuerdo acuden los días de idas y venidas de aquellos hombres, entre ellos mi padre, que arrancaban el mineral en los pozos del concejo. Junto a la vida de la mina, bullía y se apagaba la de los mineros atacados por la silicosis. Era la epidemia del hambre y la necesidad. Picar más y más deprisa, con barrenos, picos y palas y, si hacía falta, con las manos. Y respirar el aire viciado del polvo de la hulla y el grisú.

Porque, como lo primero que Victoriano Crémer descubrió, el carbón es negro. Y la situación acabó en una alta nómina de bajas por enfermedad que el médico de La Pola de Gordón atendía. La empresa envió a la consulta a un representante cualificado para preguntarle al médico el porqué de tanta baja laboral y cuál era la situación de los presuntos enfermos, por si podían –y debían- volver al trabajo. El médico le miró a los ojos, y tras un breve silencio, le espetó:

-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos. Sigue leyendo

A solas con Huidobro (3)

En el viaje a Itaca
viajando por Chile (3)

Pasa el tiempo. Cambian las cosas con los años. La incesante juventud de Itaca se aleja y en esta isla ahora el viajero se detiene para mirar el horizonte circular de azules, sin determinar cuál es principio y donde se encuentra la frontera del término. A fin de cuentas, qué más da. La historia volverá con sus meandros, sus corrientes de aguas rápidas y sus aguas sosegadas de eneas y carrizales en los tramos bajos del río de las dudas, de las preguntas, de las posibles o imposibles respuestas, antes de entregarse a este mar que se abre en rutas infinitas para cerrar el laberinto del camino a Itaca. Qué más da. Te anunciaba Kavafis con su voz íntima y solemne la inutilidad de llegar al pasado, o cantaba su imposibilidad.

Ya las costas de la juventud son memoria de olas. Nada vuelve. Pero mientras el viaje continúe, todo está a nuestro alcance, es posible y retorna a pasar por nuestro corazón, que es recordar.

No he sido avaro de mi vida,
No fui avaro de mis naves de lumbres. No he regateado las descargas de mi corazón, ni la electricidad de mis pupilas.
*
El mañana es mío. Será mío otra vez como el destino inapelable de la luz, como el terciopelo de los besos que miden la eternidad.
Y un día habrá un pañuelo entre dos estrellas y será el adiós definitivo.
Entonces dirán: Llevaba en sus ojos la piedra filosofal, y otros viajeros reconocerán otra vez las huellas pesadas bajo el fardo de los tesoros astrales.

(Vicente Huidobro- Irreparable. Nada es irreparable)

González Alonso

A solas con Huidobro (1)

Oigo la voz de los amigos
viajando por Chile

El vuelo austral me acerca las voces amigas y, entre ellas, mientras me sumerjo en paisajes que guían la Cruz del Sur, retornan a la memoria los años de los años jóvenes y el alma desbordada de frenética actividad  y una fe que se dolía cuando Salvador Allende moría en Santiago y moría Víctor Jara asesinado con sus canciones de amor y la esperanza prendida en los fuegos revolucionarios de Cuba y esa hoguera libertaria del Che Guevara en tierras bolivianas. Entonces el nombre era también España, y aquellos años agitados de sueños perseguían el final de una terrible dictadura, estrenar libertades, instaurar libertades, escribirlas bajo el amparo de la democracia, ejercerlas. Qué sueño hermoso. Qué voluntad inquebrantable. Sigue leyendo

Los bolos leoneses

Los bolos leoneses

Los bolos ocupaban algunas tardes en el pueblo, sobre todo del verano, mientras la bota de vino o el porrón que estaba en juego con la partida corría entre los jugadores. Las boleras se situaban en lugares apacibles, de suelo de tierra apropiado para marcar el campo de juego y pinar los bolos. El castro, donde se pinan los nueve  bolos grandes, las medias bolas de madera o bolas cachas para lanzarlas desde la mano corta o larga, según quien pidiera la mano o quien colocara el miche o bolo pequeño y luego contar, que ya no recuerdo cómo se hacía o el nombre de cada bolo, como el cincón o el mencionado miche, todo forma parte de una de las costumbres más singulares compartidas en las tierras del viejo reino leonés. Y de las que hacían más pueblo y vecindad. Su origen estará probablemente en los tiempos prerromanos de los astures y celtas y como juego de entrenamiento para la guerra, afinar la puntería, lanzar y atacar el castro enemigo para ver por dónde entrar. Por eso no es un juego de derribar muchos bolos, sino de acertar a dejar cae la bola y hacerla rodar para derribar o pasar la línea del miche, el soldado guardián del castro. Bueno, puede ser la historia así o de otra manera, pero siempre muy antigua. Lo cierto es que los bolos leoneses, junto con los aluches o lucha leonesa, son algunos de los referentes culturales más antiguos de un pueblo que tuvo su propia lengua, el llionés, hoy casi desaparecida y dispersa en un montón de bables o variantes muy influenciadas por el castellano. Sigue leyendo

La tienda de Miro

La tienda de Miro

La tienda de Miro, de Teomiro, Tiomiro o cualquier otro nombre menos el suyo propio y de toda la vida: Teodomiro. ¡Y es que ya no nos quedan nombres así! Pero aunque la importancia se la demos a esta tienda que existió enclavada en la esquina de la calle principal, entonces de Fernando Merino, con la del puente de la estación, sus dueños, y en particular el dueño que le daba nombre, fueron sus verdaderos protagonistas. Ahora todo el espacio está ocupado por un bar, el que antiguamente era El Español y que ocupaba el local anexo a la tienda.

Empezaban por ser, esquina y escaparate, punto de cita, encuentro, discusión y debate de todo chinche y donde paraban la mayor parte del tiempo el Enano y sus mecheros. Pero es que era, además, la única librería del pueblo, el lugar mágico donde asomaban las novelas de Plaza y Janés en edición de bolsillo. Se vendían, también, las colecciones de tebeos del Capitán Trueno, de Supermán, de Hazañas Bélicas y otros por el estilo. Y se despachaba, por supuesto, el periódico. Porque en aquella época se decía lo de vete a comprar el periódico cuando, literalmente, casi sólo llegaba a la tienda un periódico, el famoso Pueblo, y no sé si algunos ejemplares del ABC, además de los leoneses Proa y Diario de León. Sigue leyendo

Marcelino y su carretilla

Marcelino y su carretilla

Entre tantos como fueron en aquella década de infancia de los 50 del pasado siglo XX en La Pola de Gordón, me viene a la memoria la imagen de Marcelino y su carretilla. Era un hombre joven, con una chepa no demasiado prominente, moreno y de estatura mediana, que no gozó de muchas luces ni, en ocasiones, de demasiadas buenas intenciones cuando hacía alguna de las suyas entre la ropa tendida a la orilla del río o cualquier otra barrabasada.

Aunque no llegó a aprender a leer ni escribir, lo de ser maestro para mandar y tener a los guajes quietos debió de gustarle bastante, así que era frecuente que los niños y niñas más pequeños del pueblo pasaran por su particular escuela organizada al aire libre. Cuando conseguía reunir a media docena de rapaces, los hacía sentar en el suelo y hacer que escribieran o hicieran como que escribían en un trozo de teja, en el suelo o en una pizarra, usando para escribir un trozo de yeso. En fin, que aquella parodia duraba lo que duraba la paciencia de los improvisados alumnos hasta que salían corriendo cada uno en una dirección y Marcelino en la de todos y en la de ninguno, con lo que se daba por finalizada la clase. Sigue leyendo

Rosi, una niña cubana en mi clase

Rosi, una niña cubana en mi clase

Al comenzar este curso ha venido una alumna nueva a mi clase. Es Rosi, una niña cubana de nueve años. Llegó con su madre y las preocupaciones propias de cualquier comienzo de curso, más las de sentirse recién llegadas de Cuba.

La entrevista cordial. La niña, una chica espigada, morenita y muy guapa, con cierta timidez. Tras un vistazo a su expediente y algunas pruebas iniciales comprobé que su nivel escolar es francamente bueno. Es un reflejo, pensé, del nivel escolar cubano. He dicho escolar y no educativo, por aquello de la formación en valores que los regímenes autoritarios suelen manejar y para salvar todas las sospechas sobre el régimen castrista.

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Blas de Otero, a ciento y dos años de su nacimiento

Blas de Otero, a ciento y dos años de su nacimiento

Ya para siempre los centenarios del nacimiento del poeta Blas de Otero irán hermanados con los de la muerte de Miguel de Cervantes y los cuatrocientos años que los separan. Fue aquél de 2016 el primer centenario del nacimiento del autor de “Pido la paz y la palabra” (1955) y antes “Ángel fieramente humano”(1950) y “Cántico espiritual”(1942). Aquél, también, el cuarto de la muerte del autor del Quijote. Y a uno y otro, en mi opinión, les debemos mucho más de lo que hacemos por divulgar sus obras. Somos los españoles un poco rácanos a la hora de valorar nuestras cosas y reconocer a nuestros autores. Los porqués los desconozco.

Podía pensarse que 2016 iba a ser el año de Blas de Otero. Imaginaba muchos más actos, más reconocimientos, más reediciones de su extensa obra, mesas redondas, espacios televisivos, homenajes, debates, artículos. Esperaba un calendario apretado de días con el nombre de Blas de Otero. Y ha resultado no ser así ni siquiera en su ciudad natal, Bilbao. No digo que no se haya hecho nada, digo que se hizo poco. Entre esos pocos, me pareció reseñable la puesta en escena “Historia (casi) de mi vida.- Blas de Otero” bajo la dirección de Ramón Barea, que pudimos disfrutar en el espacio de la Alhóndiga bilbaína.

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Miguel Hernández, a más de 100 años

Miguel Hernández GilabertMiguel Hernández en el frente

Hizo 100 años, aquél de 2010, del nacimiento del poeta; 76 hasta éste de 2018 de su muerte en las cárceles franquistas, con 31 de edad. Y hoy perviven el hombre y el mito; pero, por encima de todo, su obra literaria.

Del hombre y sus contradicciones sabemos los orígenes en Orihuela (Alicante), su formación en el espíritu católico conservador de las Escuelas del Ave María, también de sus estudios de bachillerato con los jesuitas, de disponer a su alcance de profesor particular cuando su padre, mirando bien por el negocio familiar, lo pone a trabajar como cabrero. Hombre extremadamente observador que  su estrecho contacto con la Naturaleza lo llevará al conocimiento minucioso de los nombres y características de toda clase de pájaros y otros animales y plantas. Inteligente y brillante en sus estudios y con ganas ilimitadas de saber y aprender. Será, en este sentido, ocasión para que le saque provecho a la extraña amistad con Ramón Sijé teniendo acceso a una bibliografía extensa, al igual que su relación con el controvertido Luís Almarcha que acabaría -una vez terminada la guerra civil- siendo obispo de León. Tanto Ramón como Almarcha eran de derechas, incluso se podría decir que de extrema derecha si atendemos a las veleidades ideológicas y políticas  predicadas y practicadas por Sijé: impulsar a la juventud a una actitud antiliberalista, poniendo como objetivo de la vida un orden moral basado en un concepto retrógrado de la decencia y animando a esa misma juventud a luchar contra los subversivos utilizando la violencia, haciendo uso de lo que en aquel entonces se conocía como el derecho de estaca. De Luís Almarcha qué decir si lo dejó morir en la cárcel. Él mismo escribió, confesando su remordimiento: Dicen que el tiempo lo borra todo y, a veces, lo único que hace es reavivar el fuego de los recuerdos con mayor fuerza para nuestro pesar. Almarcha es quien pagará la primera edición del poemario de Miguel titulado Perito en Lunas. Le consigue publicaciones en el periódico El Pueblo (Orihuela) que él mismo dirige  y Miguel le solicita algunas influencias para buscar trabajo en Madrid que no prosperarán. Pero cuando puede salvarle la vida, no lo hace.

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La plaza de los nombres

La plaza de los nombres

Es habitual  en cualquier pueblo que a un mismo lugar se le conozca por diferentes nombres. En La Pola de Gordón, también. Así ocurre con una de nuestras plazas, la que oficialmente lleva el nombre de Cardenal Aguirre. La otra, la del Ayuntamiento, creo que siempre será la del Ayuntamiento, pero ésta no.

No sé qué nombre le cuadra le mejor; tal vez todos, porque según la época en que le fueron puestos, oficial u oficiosamente, reflejarían mejor su realidad de plaza, su uso, subrayando la característica que en en aquel momento mejor la definía.

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