La buena sombra. Homenaje a Luís Pastrana Giménez, Cronista de la ciudad de León

La buena sombra

El Día del Libro nos acerca, a través de las páginas escritas, a sus hacedores, esas personas abnegadas en el trabajo de las palabras que llamamos escritores.

Los escritores son, se me antoja, hermosos troncos que sujetan y multiplican en las hojas de sus ramas el oxígeno que enriquece el aire que respiramos. Son vida.

Los árboles nos dan vida, también, con su sombra. Cuando desaparecen los árboles, desaparece la sombra, y un hueco con luz extraña se abre en torno de lo que fue el espacio que ocuparon sus troncos y la frondosidad de sus ramas; desaparece el rumor del aire y nos sobrecoge una indescriptible sensación de orfandad. En invierno nos traen sombras grises de agua y frío desprendidas de las ramas sin hojas. En verano, la rotundidad de un sol vencido en las copas verdes. En la primavera, sombra fresca de tallos nuevos y lluvias. Otoño es sombra larga envuelta en colores que se van haciendo lentamente para volar al suelo.

Sin luz no hay sombra; sin árboles no hay sombra buena, que es, incluso, la sombra de otra sombra mayor que es la noche.

De sombras buenas viven las personas buenas; que luego están las malas sombras, sombras hechas con los mordiscos que da la vida… Sigue leyendo

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La leyenda de la Fuente de Faya

La leyenda de la Fuente de Faya

Si alguna vez alguien se pregunta por qué durante muchos, muchísimos años, las mozas de Santa Lucía de Gordón, en León, subían  a la Fuente de Faya a beber de sus frías y cristalinas aguas, sepa que lo hacían para buscar el amor de su vida, el que –con seguridad- soñaban cada día de su impaciente juventud. Pero también es sabido que los sueños de las adolescentes, dulces y románticos, acostumbran a estar relacionados con la figura del príncipe azul como encarnación de ese amor. O lo estaban, al menos, en aquellos tiempos que se nos antojan cada vez más pasados. Así que, sin saberlo, nuestras jóvenes seguían la costumbre de una antigua leyenda relacionada con la Fuente de Faya y la oquedad por la que brotan sus aguas con rumores que –si escuchamos con atención- nos relatan entre sus murmullos lo acaecido hace mucho, muchísimo tiempo, en este lugar. Sigue leyendo

El latín, un idioma de Europa para los europeos

El latín, un idioma de Europa para los europeos

Leí en cierta ocasión una entrevista a un profesor universitario español que había estado en Roma durante una semana para participar en la celebración de un congreso. En el transcurso de su estancia coincidió en un museo con un profesor alemán, creo que de Física, y trataron de continuar con su conversación después del primer encuentro y las primeras frases de cortesía. El español hablaba francés y el alemán conocía el inglés; ninguno de los dos era lo suficientemente hábil en los idiomas que el otro dominaba y la conversación no avanzaba. Y en uno de esos intentos por comunicarse, vinieron a caer en la cuenta de que ambos sabían latín. A partir de ese momento pudieron compartir sus impresiones sobre el arte y nació entre ellos una amistad que espero mantengan hoy día.

La anécdota me hizo recapacitar. Quizás no sea tan descabellada la idea de recobrar el Latín, idioma fácilmente recuperable para el uso cotidiano porque se conserva toda la Gramática y una obra escrita muy grande y de gran relevancia histórica y cultural; nuestro vocabulario y estructuras sintácticas son -en el caso del español- las más latinizadas de las lenguas románicas y la Iglesia lo ha preservado hasta hace bien poco en un estimable estado de salud. Su recuperación no tendría nada que ver con experiencias como la del Esperanto, intento loable, pero que tiene una vocación de proyección universal de la lengua y nace de una experiencia de laboratorio. El latín ha sido lengua hablada y sigue viva en los textos, incluso existen emisoras de radio (una de ellas en Dinamarca) y televisión, que emiten en latín. Calificarlo de muerto, en el sentido de irrecuperable, no es correcto. Es más, sólo por hablar de idiomas recuperados pondré dos ejemplos: el hebreo o sánscrito, elaborado a partir de poco más de dos mil palabras en los años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial y la creación del estado de Israel, y el vasco o euskera, con el proceso llevado adelante tras la elaboración del euskera batua (vasco unificado) y la implantación en toda la red escolar y en la Administración del Gobierno Autónomo.

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El Señor de Bembibre.- Enrique Gil y Carrasco

La edición que yo tengo es de Clásicos Ebro (Editorial Ebro, Zaragoza.-1982), pero cualquier edición de la que dispongáis será una gran ocasión de disfrutar la prosa de Enrique Gil y Carrasco, este leonés del Bierzo, definido como el poeta de la melancolía que escribió en este género propio del romanticismo como es la novela histórica.

El espíritu romántico se manifiesta en sus facetas más singulares: la evasión de la realidad, el libre juego de la fantasía, la evocación de la Edad Media y la exaltación pasional (sic) (Prólogo de la edición Ebro).

El argumento de la novela trata de una historia de amor entre los jóvenes de dos grandes familias de la nobleza leonesa, una de ellas perteneciente a la poderosa Orden del Temple, cuyo maestre ocupaba el castillo de Ponferrada. La imposibilidad de llevar a buen puerto las relaciones y amores iniciados entre los jóvenes de la historia, desembocará en una serie de situaciones dramáticas entre las que, junto a la historia desgraciada de los amantes, se suceden los acontecimientos que irán minando y destruyendo el poder de los templarios.

Pero la belleza de esta novela, en mi opinión, se crece en las descripciones del paisaje, de manera que éste, lejos de aburrirnos o poner trabas a la narración, cobra singular importancia, se fusiona con la historia de manera genial y llega a ser, por derecho propio, un personaje más de la novela.

Magnífico nuestro paisano Enrique Gil y Carrasco.

González Alonso

El Jardín del Edén.- Moisés de León

El Jardín del Edén 
Moisés de León

Lobo Sapiens,S.L. – 2007

C/Moisés de León 52, Oficina 7 – León

Textos: Carlos del Valle Rodríguez; Norman Roth; Antonio Reguera Feo

Moisés de León fue un autor leonés de un prestigio enorme y calidad indiscutible. Nuestro pasado judío en la provincia y en los distintos territorios del Reino de León permanece demasiado ignorado tras siglos de una Historia en exceso sectaria tras la expulsión de nuestras tierras de los judíos en 1492. Pero la figura de este hombre y otros de su talla, merece ser conocida y reconocida.

Nada o casi nada sabía de la existencia de la aljama de la ciudad de León o la de Puente Castro. La aportación cultural judía fue extraordinaria; Abraham Zacuto pone los orígenes de un códice leonés en el siglo VI (el códice hilelí). Al parecer, en aquella época, los sabios judíos y los escribas hebreos se dirigían a León desde otras zonas hispanas para confrontar las copias con el códice leonés y corregir sus propias transcripciones (sic)

La obra cumbre de Moisés de León fue el Zóhar, considerada la obra más sobresaliente del misticismo judío universal; un libro, por su importancia, equivalente a la Tora en la que se refleja toda la revelación divina, tanto escrita como oral y que comprende el Pentateuco, los Profetas y los Hagiógrafos en la Biblia.

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Los Reyes del Grial

Los Reyes del Grial

Margarita Torres y Jose Miguel Ortega

Editorial Reino de Cordelia.- ISBN-13: 978-84-15973-29-4

La búsqueda del Santo Grial, al igual que la vuelta a Ítaca, puede interpretarse como una metáfora de la vida y un viaje iniciático para recorrer nuestro camino interior, del que volveremos transformados. Se trata de un tema que siempre suscitará curiosidad y moverá los recursos espirituales y humanísticos persiguiendo su conquista, la aproximación a la verdad o a alguna verdad sobre el sentido de nuestra existencia.

Pero más allá del vendaval emocional, filosófico e incluso poético, hay una realidad histórica y unos hechos cuyas huellas materiales pueden pervivir hasta nuestros días.

León fue reino e imperio medieval, el más decidido impulsor de lo que más tarde sería España como nación. Y fue, no convendría olvidarlo, el reino más importante de la cristiandad de hace mil años. Se adelantó a la historia con las primeras Cortes parlamentarias europeas convocadas en 1188 por Alfonso IX, con la participación de las ciudades y la representación de todos los estamentos que discutían y aprobaban decisiones sobre la guerra, la organización social, impuestos y leyes.

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JOSÉ SARAMAGO, el escritor portugués

José Saramago.A pocas horas del día 18 de junio del año 2010, J.Saramago nos entregó toda su vida y su obra, yéndose discretamente, lúcido y -presumo- con la entereza de su honestidad como hombre y como escritor universal. Todo esto carece de relevancia. La muerte es una cita inexcusable; lamentarla es ejercicio inútil, celebrarla es algo estúpido. Lo relevante es el hombre que nos queda para siempre en los pensamientos, las ideas, los sentimientos y las pasiones reveladas en cada una de sus palabras. Lo fundamental es la luz de su inteligencia, que permanecerá encendida en cada uno de sus artículos, poemas y novelas.

José Saramago, portugués de raíz, de hondo amor a su tierra, auténtico, completo, tuvo la entereza moral de mantener la coherencia de su pensamiento plantándose ante la servidumbre del poder cuando las autoridades lusas impiden su presentación al Premio Literario Europeo de 1991 tras la publicación de la novela El Evangelio según Jesucristo porque, según el gobierno, ofendía a los católicos, y se traslada a la isla de Lanzarote (Islas Canarias, España) en un autoexilio que se prolongará  por más de veinte años hasta su muerte.

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Cervantes y la invención del Quijote.- Manuel Azaña

Cervantes y la invención del Quijote.- Manuel Azaña
Biblioteca ELR Ediciones. Edición de David Hernández De La Fuente. (Madrid, 2005)

El descubrimiento de este libro en mi primera y única visita a la ciudad de Alcalá de Henares, se debió a una de tantas casualidades mientras recorría una feria del libro instalada en una de sus plazas. Me llamó inmediatamente la atención por dos razones, a cual de mayor peso; una, que el tema tratado resultaba ser Cervantes y el Quijote; otra, que el autor de la obra fuera Manuel Azaña. Podría añadir aún una tercera, más anecdótica, como es la circunstancia de que tanto Miguel de Cervantes como Manuel Azaña sean, ambos, hijos de Alcalá de Henares, lo que les hermana en nacimiento tanto como el destino les hermanó en sus vidas, aún separadas por cientos de años, al haber alcanzado ambos una talla singular como novelista y escritor, uno, y como intelectual, ensayista, político y estadista, el otro. A ninguno de los dos les privó España de disgustos y contrariedades, para que la semejanza fuera más acabada.

No imaginaba en Manuel Azaña esta frescura de lenguaje, de belleza exquisita, corrección y alto estilo, al prevalecer en mí la idea de un hombre entregado a la brega política, segundo y último Presidente de la II y última República. Pero, claro, no en vano recibió el Premio Nacional de Literatura en 1926 por la Vida de Juan Valera. El erudito y gran orador que fue se nos manifiesta en la conferencia que recoge este libro, celebrada el 3 de mayo de 1930, como un avezado ensayista capaz de proyectar con inteligencia y rigor una mirada moderna y culta sobre Cervantes y su obra para hacer una interpretación del Quijote totalmente alejada de los sesgos nacionalistas.

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Las mil y una noches

Las mil y una noches

Ediciones Jover (Barcelona, 1990) para Crédito Bibliotecario, S.L.-Valencia. Tirada numerada de 5.000 ejemplares.- Nº 1534.-  Mulot y Kriéger con ilustraciones a color persas e indúes y grabados de Gustavo Doré.- Versión de Vicente Blasco Ibáñez

Creo que es uno de los libros del mundo que hay que leer. Si, además, viene impreso en una encuadernación estilo arabesco y artesanal, iluminado con motivos persas e indúes o dibujos de Doré, la lectura adquiere categoría de regalado disfrute. Añadamos a las circunstancias el que la obra se presente en la versión de Vicente Blasco Ibáñez y entonces ya será definitivo.

Las mil y una noches” y el modo de engarzar las historias ha influido en numerosas obras posteriores, entre ellas el Quijote, el cual recibe de la herencia árabe el privilegio de que el supuesto autor de la historia del caballero manchego sea moro, según el decir y escribir de Miguel de Cervantes. Y es que, juegos y enredos de autores aparte, hay que reconocer la riqueza, originalidad y frescura del modo de narrar en la tradición árabe. Juegos de palabras ingeniosos, sutileza para no caer en lo escabroso, sensualidad, erotismo, lirismo e ingenio para contar y tratar situaciones comprometidas y acciones de una gran violencia que llevan a la muerte, ejecuciones y venganzas.

Sorprende el lugar que ocupan lo sensual, lo sexual y lo erótico en gran parte de los cuentos narrados, así como el papel activo de las mujeres en la búsqueda del placer aun incluso a costa de sus vidas. Otra sorpresa relacionada con la sexualidad son las inclinaciones homosexuales de hombres y mujeres. En una religión como la musulmana que invade la vida de los ciudadanos de manera férrea imponiendo su moral,  y en la que el papel del hombre es de dominio y el de la mujer de sumisión  hasta extremos de todos conocidos, “Las mil y una noches” resulta ser una paradoja a los ojos occidentales. Pero también hay que tener en cuenta que el morbo aparece cuando existen prohibiciones que se convierten en acicate para la transgresión y que la sociedad en que se desenvuelven las historias de este libro reúne ampliamente todas las condiciones para hacerlo  posible.

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El loco que tiraba piedras a los perros

Historia del loco que tiraba piedras a los perros

Cervantes, en el prólogo al lector de la segunda parte del Quijote, inserta este sabroso cuento para hacer saber a Avellaneda, autor de otra segunda parte apócrifa del Quijote y que había criticado de manera agria y desconsiderada la obra original de Cervantes, lo que le puede ocurrir con su actitud y las consecuencias de su conducta. La moraleja, esta vez por delante, viene a ser que…

Había en Córdoba un loco, que tenía por costumbre de traer encima de la cabeza un pedazo de losa de mármol o un canto no muy liviano, y en topando algún perro descuidado, se le ponía junto y a plomo dejaba caer sobre él el peso. Amohinábase el perro y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que entre los perros que descargó la carga fue un perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiolo su amo, asio de una vara de medir y salió al loco y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?. Y repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó el loco y retirose, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del cual tiempo volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde estaba el perro, y mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: “Éste es podenco:¡guarda!”. En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos o gozques, decía que eran podencos, y, así, no soltó más el canto.

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