La tienda de Miro

La tienda de Miro

La tienda de Miro, de Teomiro, Tiomiro o cualquier otro nombre menos el suyo propio y de toda la vida: Teodomiro. ¡Y es que ya no nos quedan nombres así! Pero aunque la importancia se la demos a esta tienda que existió enclavada en la esquina de la calle principal, entonces de Fernando Merino, con la del puente de la estación, sus dueños, y en particular el dueño que le daba nombre, fueron sus verdaderos protagonistas. Ahora todo el espacio está ocupado por un bar, el que antiguamente era El Español y que ocupaba el local anexo a la tienda.

Empezaban por ser, esquina y escaparate, punto de cita, encuentro, discusión y debate de todo chinche y donde paraban la mayor parte del tiempo el Enano y sus mecheros. Pero es que era, además, la única librería del pueblo, el lugar mágico donde asomaban las novelas de Plaza y Janés en edición de bolsillo. Se vendían, también, las colecciones de tebeos del Capitán Trueno, de Supermán, de Hazañas Bélicas y otros por el estilo. Y se despachaba, por supuesto, el periódico. Porque en aquella época se decía lo de vete a comprar el periódico cuando, literalmente, casi sólo llegaba a la tienda un periódico, el famoso Pueblo, y no sé si algunos ejemplares del ABC, además de los leoneses Proa y Diario de León. Sigue leyendo

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Marcelino y su carretilla

Marcelino y su carretilla

Entre tantos como fueron en aquella década de infancia de los 50 del pasado siglo XX en La Pola de Gordón, me viene a la memoria la imagen de Marcelino y su carretilla. Era un hombre joven, con una chepa no demasiado prominente, moreno y de estatura mediana, que no gozó de muchas luces ni, en ocasiones, de demasiadas buenas intenciones cuando hacía alguna de las suyas entre la ropa tendida a la orilla del río o cualquier otra barrabasada.

Aunque no llegó a aprender a leer ni escribir, lo de ser maestro para mandar y tener a los guajes quietos debió de gustarle bastante, así que era frecuente que los niños y niñas más pequeños del pueblo pasaran por su particular escuela organizada al aire libre. Cuando conseguía reunir a media docena de rapaces, los hacía sentar en el suelo y hacer que escribieran o hicieran como que escribían en un trozo de teja, en el suelo o en una pizarra, usando para escribir un trozo de yeso. En fin, que aquella parodia duraba lo que duraba la paciencia de los improvisados alumnos hasta que salían corriendo cada uno en una dirección y Marcelino en la de todos y en la de ninguno, con lo que se daba por finalizada la clase. Sigue leyendo

La leyenda de la Fuente de Faya

La leyenda de la Fuente de Faya

Si alguna vez alguien se pregunta por qué durante muchos, muchísimos años, las mozas de Santa Lucía de Gordón, en León, subían  a la Fuente de Faya a beber de sus frías y cristalinas aguas, sepa que lo hacían para buscar el amor de su vida, el que –con seguridad- soñaban cada día de su impaciente juventud. Pero también es sabido que los sueños de las adolescentes, dulces y románticos, acostumbran a estar relacionados con la figura del príncipe azul como encarnación de ese amor. O lo estaban, al menos, en aquellos tiempos que se nos antojan cada vez más pasados. Así que, sin saberlo, nuestras jóvenes seguían la costumbre de una antigua leyenda relacionada con la Fuente de Faya y la oquedad por la que brotan sus aguas con rumores que –si escuchamos con atención- nos relatan entre sus murmullos lo acaecido hace mucho, muchísimo tiempo, en este lugar. Sigue leyendo

El tío Sindo

El tío Sindo

Tienda de ultramarinosLa cantina del pueblo era una foto de hace más de sesenta años. Los mostradores, altos, de maderas nobles del lugar; las ventanas y puertas ancladas en pesados goznes y  las columnas de hierro  de fuste estriado y con un asomo de decoración simulando un capitel a la altura de las vigas que sujetaban los techos elevados y ahumados por los vapores de mercancías tan variadas como los vinos verdes de año, por las aceitunas, los chorizos y  jamones de la casa o las latas de escabeche que permanecían abiertas para acompañar en forma de tapa los vasos de vino de los parroquianos y veraneantes.

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La plaza de los nombres

La plaza de los nombres

Es habitual  en cualquier pueblo que a un mismo lugar se le conozca por diferentes nombres. En La Pola de Gordón, también. Así ocurre con una de nuestras plazas, la que oficialmente lleva el nombre de Cardenal Aguirre. La otra, la del Ayuntamiento, creo que siempre será la del Ayuntamiento, pero ésta no.

No sé qué nombre le cuadra le mejor; tal vez todos, porque según la época en que le fueron puestos, oficial u oficiosamente, reflejarían mejor su realidad de plaza, su uso, subrayando la característica que en en aquel momento mejor la definía.

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El Preventorio de La Pola de Gordón

El Preventorio o Casa Infantil Covadonga de La Pola de Gordón (León)

Es una tarde de domingo. La primavera amenaza con colarse definitavemente por el cielo y crecerse en los prados. Los árboles verdecen. Y, sin embargo, hay una imagen de nieve en La Pola, espléndida, entre la que se eleva la silueta del Preventorio. El Preven, decíamos de guajes. Y las tardes de domingo como ésta, pero cargadas de nieve y frío de aquellos otros inviernos, subíamos por entre los senderos abiertos en la ladera del Preventorio hacia el cine, a ver una de los caballeros de la tabla redonda, o de santos o, a lo mejor, de vaqueros. Íbamos formales, para que las monjas no nos pusieran pegas. A veces era don Domingo, el director, el que aparecía o daba el permiso para que pudiéramos entrar. El calor y la oscuridad se llenaba de rumores de los niños y niñas asturianos y de La Pola, admirando las imágenes evocadoras de héroes medievales y hombres o mujeres sacrificados por la fé.

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Las procesiones de La Pola

Las procesiones de La Pola

Las estaciones del año se regían más por las procesiones que por los cambios climatológicos, que también los había. Procesiones de Ramos, de Semana Santa, de las fiestas del Cristo, de rogativas a San Antonio y para bendecir los campos. Éstas últimas solían ser al amanecer, casi rayando el alba que serían allá por las siete y medio u ocho de la mañana. Eran de pocas personas, ya se entiende, ¡a esas horas! Pero el que escribe, que anduvo en eso de ser monaguillo unos años, recuerda el frío que quemaba la garganta y se pegaba a las piernas hasta adormecerlas, a las manos y la nariz y a los sabañones de las orejas. En fin, que nos recorríamos todo el pueblo hasta la fábrica de harinas con toda la retahíla de santos y el consiguiente “te rogamos, aúdinos“.

Otras se aprovechaban para celebrar las primeras comuniones y eran más alegres; como la del Corpus, con las calles sembradas de pétalos de flores, las famosas campanillas amarillas de las retamas o escobas, las colchas en los balcones y los altares con su santo y hornacina en algunas esquinas del pueblo. Cuando pegaba el calor, la cosa era de temer.

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Mañanas de domingo

Mañanas de domingo

Invariablemente, en cualquier estación del año, las mañanas de domingo se vestían con nuestras mejores ropas, las orejas limpias, la cara lavada, la muda nueva… ¡y a misa de doce!

Día de verano en la calle principal de Pola junto a la iglesiaHabía un repicar de campanas que llamaban a la reunión, como una asamblea para pasar repaso a la semana. Si hacía bueno, a la salida de misa se formaban corrillos entre las personas mayores, los chicos más jóvenes esperaban para ver salir a las chicas, los guajes salían escopetados y el cura recogía la casulla, el alba y los demás aditamentos con sumo cuidado, conservando el pliegue exacto, y con mimo iban a parar a los grandes cajones de madera apolillada que desplegaban un intenso aroma de alcanfor. Los monaguillos ayudaban en silencio, limpiaban las vinajeras, el caliz y ponían en orden las cosas. Como era domingo y tocaba cobrar la paga, contaban el dinero de la colecta y el cura les daba lo acordado, a peseta la misa de diario y tres la de los domingos, aparte las celebraciones de bodas y bautizos, que era cosa de los padrinos estirarse con los monaguillos.

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Las eras

Las eras

La trilla en las eras deLa Pola de Gordón (León)

A la orilla derecha del río Bernesga se extendía un pequeño salgueral y se alzaba una chopera. Desde la chopera hasta la carretera de la estación teníamos Las Eras. Lugar de todo y para todo. En fiestas, para los bailes, colocar las cantinas, caballitos -si llegaban-, hacer la carrera de rosca o, incluso, correr las cintas a caballo.Tampoco podían faltar los eternos partidos de fútbol con unos balones pesadísimos de cuero, con cámara de goma y cerrados con un cordón que había que atar. Otras cosas pudimos ver menos conocidas y tradicionales, como alguna prueba de habilidad con coches salvando obstáculos cuando mediados los años 60 en el pueblo se abrió una autoescuela.

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La estación de tren de La Pola de Gordón

                                                  La estación de tren de La Pola

Tengo la edad justa para guardar en la memoria el paso de muchos y distintos trenes por La Pola, que en nuestro uso y en el del cartel de la estación era Pola, a secas. Este último que nos viene velocísimo, abriendo el vientre de Gordón, rebuscando pasos por entre nuestras entrañas de roca y agua, es el último que veo llegar. Llegar y desaparecer bajo nuestros pies después de volar el valle del Bernesga desde La Robla hasta la entrada en La Pola, dándose de morros con la Gretosa y haciendo desaparecer, con la suave orografía del lugar, las cigüeñas y los chopos que anidaban en sus aledaños y en la Vega. Digo que es el último, el que todavía no ha llegado, pero que viene de la mano de tanto desasosiego paisajístico y anunciado por las obras que preparan su paso.

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