El caldo de la tartera

El caldo de la tartera

Ahora que se cerraron las minas de carbón y León se queda sin mineros, a mi recuerdo acuden los días de idas y venidas de aquellos hombres, entre ellos mi padre, que arrancaban el mineral en los pozos del concejo. Junto a la vida de la mina, bullía y se apagaba la de los mineros atacados por la silicosis. Era la epidemia del hambre y la necesidad. Picar más y más deprisa, con barrenos, picos y palas y, si hacía falta, con las manos. Y respirar el aire viciado del polvo de la hulla y el grisú.

Porque, como lo primero que Victoriano Crémer descubrió, el carbón es negro. Y la situación acabó en una alta nómina de bajas por enfermedad que el médico de La Pola de Gordón atendía. La empresa envió a la consulta a un representante cualificado para preguntarle al médico el porqué de tanta baja laboral y cuál era la situación de los presuntos enfermos, por si podían –y debían- volver al trabajo. El médico le miró a los ojos, y tras un breve silencio, le espetó:

-Tiene usted razón; enfermos, lo que se dice enfermos, sólo tengo uno que podría volver a la mina. Los demás sólo son despojos humanos. Sigue leyendo

Los bolos leoneses

Los bolos leoneses

Los bolos ocupaban algunas tardes en el pueblo, sobre todo del verano, mientras la bota de vino o el porrón que estaba en juego con la partida corría entre los jugadores. Las boleras se situaban en lugares apacibles, de suelo de tierra apropiado para marcar el campo de juego y pinar los bolos. El castro, donde se pinan los nueve  bolos grandes, las medias bolas de madera o bolas cachas para lanzarlas desde la mano corta o larga, según quien pidiera la mano o quien colocara el miche o bolo pequeño y luego contar, que ya no recuerdo cómo se hacía o el nombre de cada bolo, como el cincón o el mencionado miche, todo forma parte de una de las costumbres más singulares compartidas en las tierras del viejo reino leonés. Y de las que hacían más pueblo y vecindad. Su origen estará probablemente en los tiempos prerromanos de los astures y celtas y como juego de entrenamiento para la guerra, afinar la puntería, lanzar y atacar el castro enemigo para ver por dónde entrar. Por eso no es un juego de derribar muchos bolos, sino de acertar a dejar cae la bola y hacerla rodar para derribar o pasar la línea del miche, el soldado guardián del castro. Bueno, puede ser la historia así o de otra manera, pero siempre muy antigua. Lo cierto es que los bolos leoneses, junto con los aluches o lucha leonesa, son algunos de los referentes culturales más antiguos de un pueblo que tuvo su propia lengua, el llionés, hoy casi desaparecida y dispersa en un montón de bables o variantes muy influenciadas por el castellano. Sigue leyendo

La tienda de Miro

La tienda de Miro

La tienda de Miro, de Teomiro, Tiomiro o cualquier otro nombre menos el suyo propio y de toda la vida: Teodomiro. ¡Y es que ya no nos quedan nombres así! Pero aunque la importancia se la demos a esta tienda que existió enclavada en la esquina de la calle principal, entonces de Fernando Merino, con la del puente de la estación, sus dueños, y en particular el dueño que le daba nombre, fueron sus verdaderos protagonistas. Ahora todo el espacio está ocupado por un bar, el que antiguamente era El Español y que ocupaba el local anexo a la tienda.

Empezaban por ser, esquina y escaparate, punto de cita, encuentro, discusión y debate de todo chinche y donde paraban la mayor parte del tiempo el Enano y sus mecheros. Pero es que era, además, la única librería del pueblo, el lugar mágico donde asomaban las novelas de Plaza y Janés en edición de bolsillo. Se vendían, también, las colecciones de tebeos del Capitán Trueno, de Supermán, de Hazañas Bélicas y otros por el estilo. Y se despachaba, por supuesto, el periódico. Porque en aquella época se decía lo de vete a comprar el periódico cuando, literalmente, casi sólo llegaba a la tienda un periódico, el famoso Pueblo, y no sé si algunos ejemplares del ABC, además de los leoneses Proa y Diario de León. Sigue leyendo

Marcelino y su carretilla

Marcelino y su carretilla

Entre tantos como fueron en aquella década de infancia de los 50 del pasado siglo XX en La Pola de Gordón, me viene a la memoria la imagen de Marcelino y su carretilla. Era un hombre joven, con una chepa no demasiado prominente, moreno y de estatura mediana, que no gozó de muchas luces ni, en ocasiones, de demasiadas buenas intenciones cuando hacía alguna de las suyas entre la ropa tendida a la orilla del río o cualquier otra barrabasada.

Aunque no llegó a aprender a leer ni escribir, lo de ser maestro para mandar y tener a los guajes quietos debió de gustarle bastante, así que era frecuente que los niños y niñas más pequeños del pueblo pasaran por su particular escuela organizada al aire libre. Cuando conseguía reunir a media docena de rapaces, los hacía sentar en el suelo y hacer que escribieran o hicieran como que escribían en un trozo de teja, en el suelo o en una pizarra, usando para escribir un trozo de yeso. En fin, que aquella parodia duraba lo que duraba la paciencia de los improvisados alumnos hasta que salían corriendo cada uno en una dirección y Marcelino en la de todos y en la de ninguno, con lo que se daba por finalizada la clase. Sigue leyendo

La leyenda de la Fuente de Faya

La leyenda de la Fuente de Faya

Si alguna vez alguien se pregunta por qué durante muchos, muchísimos años, las mozas de Santa Lucía de Gordón, en León, subían  a la Fuente de Faya a beber de sus frías y cristalinas aguas, sepa que lo hacían para buscar el amor de su vida, el que –con seguridad- soñaban cada día de su impaciente juventud. Pero también es sabido que los sueños de las adolescentes, dulces y románticos, acostumbran a estar relacionados con la figura del príncipe azul como encarnación de ese amor. O lo estaban, al menos, en aquellos tiempos que se nos antojan cada vez más pasados. Así que, sin saberlo, nuestras jóvenes seguían la costumbre de una antigua leyenda relacionada con la Fuente de Faya y la oquedad por la que brotan sus aguas con rumores que –si escuchamos con atención- nos relatan entre sus murmullos lo acaecido hace mucho, muchísimo tiempo, en este lugar. Sigue leyendo

El tío Sindo

El tío Sindo

Tienda de ultramarinosLa cantina del pueblo era una foto de hace más de sesenta años. Los mostradores, altos, de maderas nobles del lugar; las ventanas y puertas ancladas en pesados goznes y  las columnas de hierro  de fuste estriado y con un asomo de decoración simulando un capitel a la altura de las vigas que sujetaban los techos elevados y ahumados por los vapores de mercancías tan variadas como los vinos verdes de año, por las aceitunas, los chorizos y  jamones de la casa o las latas de escabeche que permanecían abiertas para acompañar en forma de tapa los vasos de vino de los parroquianos y veraneantes.

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La plaza de los nombres

La plaza de los nombres

Es habitual  en cualquier pueblo que a un mismo lugar se le conozca por diferentes nombres. En La Pola de Gordón, también. Así ocurre con una de nuestras plazas, la que oficialmente lleva el nombre de Cardenal Aguirre. La otra, la del Ayuntamiento, creo que siempre será la del Ayuntamiento, pero ésta no.

No sé qué nombre le cuadra le mejor; tal vez todos, porque según la época en que le fueron puestos, oficial u oficiosamente, reflejarían mejor su realidad de plaza, su uso, subrayando la característica que en en aquel momento mejor la definía.

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El Preventorio de La Pola de Gordón

El Preventorio o Casa Infantil Covadonga de La Pola de Gordón (León)

Es una tarde de domingo. La primavera amenaza con colarse definitavemente por el cielo y crecerse en los prados. Los árboles verdecen. Y, sin embargo, hay una imagen de nieve en La Pola, espléndida, entre la que se eleva la silueta del Preventorio. El Preven, decíamos de guajes. Y las tardes de domingo como ésta, pero cargadas de nieve y frío de aquellos otros inviernos, subíamos por entre los senderos abiertos en la ladera del Preventorio hacia el cine, a ver una de los caballeros de la tabla redonda, o de santos o, a lo mejor, de vaqueros. Íbamos formales, para que las monjas no nos pusieran pegas. A veces era don Domingo, el director, el que aparecía o daba el permiso para que pudiéramos entrar. El calor y la oscuridad se llenaba de rumores de los niños y niñas asturianos y de La Pola, admirando las imágenes evocadoras de héroes medievales y hombres o mujeres sacrificados por la fé.

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Las procesiones de La Pola

Las procesiones de La Pola

Las estaciones del año se regían más por las procesiones que por los cambios climatológicos, que también los había. Procesiones de Ramos, de Semana Santa, de las fiestas del Cristo, de rogativas a San Antonio y para bendecir los campos. Éstas últimas solían ser al amanecer, casi rayando el alba que serían allá por las siete y medio u ocho de la mañana. Eran de pocas personas, ya se entiende, ¡a esas horas! Pero el que escribe, que anduvo en eso de ser monaguillo unos años, recuerda el frío que quemaba la garganta y se pegaba a las piernas hasta adormecerlas, a las manos y la nariz y a los sabañones de las orejas. En fin, que nos recorríamos todo el pueblo hasta la fábrica de harinas con toda la retahíla de santos y el consiguiente “te rogamos, aúdinos“.

Otras se aprovechaban para celebrar las primeras comuniones y eran más alegres; como la del Corpus, con las calles sembradas de pétalos de flores, las famosas campanillas amarillas de las retamas o escobas, las colchas en los balcones y los altares con su santo y hornacina en algunas esquinas del pueblo. Cuando pegaba el calor, la cosa era de temer.

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Mañanas de domingo

Mañanas de domingo

Invariablemente, en cualquier estación del año, las mañanas de domingo se vestían con nuestras mejores ropas, las orejas limpias, la cara lavada, la muda nueva… ¡y a misa de doce!

Día de verano en la calle principal de Pola junto a la iglesiaHabía un repicar de campanas que llamaban a la reunión, como una asamblea para pasar repaso a la semana. Si hacía bueno, a la salida de misa se formaban corrillos entre las personas mayores, los chicos más jóvenes esperaban para ver salir a las chicas, los guajes salían escopetados y el cura recogía la casulla, el alba y los demás aditamentos con sumo cuidado, conservando el pliegue exacto, y con mimo iban a parar a los grandes cajones de madera apolillada que desplegaban un intenso aroma de alcanfor. Los monaguillos ayudaban en silencio, limpiaban las vinajeras, el caliz y ponían en orden las cosas. Como era domingo y tocaba cobrar la paga, contaban el dinero de la colecta y el cura les daba lo acordado, a peseta la misa de diario y tres la de los domingos, aparte las celebraciones de bodas y bautizos, que era cosa de los padrinos estirarse con los monaguillos.

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