Los bolos leoneses

Los bolos leoneses

Los bolos ocupaban algunas tardes en el pueblo, sobre todo del verano, mientras la bota de vino o el porrón que estaba en juego con la partida corría entre los jugadores. Las boleras se situaban en lugares apacibles, de suelo de tierra apropiado para marcar el campo de juego y pinar los bolos. El castro, donde se pinan los nueve  bolos grandes, las medias bolas de madera o bolas cachas para lanzarlas desde la mano corta o larga, según quien pidiera la mano o quien colocara el miche o bolo pequeño y luego contar, que ya no recuerdo cómo se hacía o el nombre de cada bolo, como el cincón o el mencionado miche, todo forma parte de una de las costumbres más singulares compartidas en las tierras del viejo reino leonés. Y de las que hacían más pueblo y vecindad. Su origen estará probablemente en los tiempos prerromanos de los astures y celtas y como juego de entrenamiento para la guerra, afinar la puntería, lanzar y atacar el castro enemigo para ver por dónde entrar. Por eso no es un juego de derribar muchos bolos, sino de acertar a dejar cae la bola y hacerla rodar para derribar o pasar la línea del miche, el soldado guardián del castro. Bueno, puede ser la historia así o de otra manera, pero siempre muy antigua. Lo cierto es que los bolos leoneses, junto con los aluches o lucha leonesa, son algunos de los referentes culturales más antiguos de un pueblo que tuvo su propia lengua, el llionés, hoy casi desaparecida y dispersa en un montón de bables o variantes muy influenciadas por el castellano. Sigue leyendo

La tienda de Miro

La tienda de Miro

La tienda de Miro, de Teomiro, Tiomiro o cualquier otro nombre menos el suyo propio y de toda la vida: Teodomiro. ¡Y es que ya no nos quedan nombres así! Pero aunque la importancia se la demos a esta tienda que existió enclavada en la esquina de la calle principal, entonces de Fernando Merino, con la del puente de la estación, sus dueños, y en particular el dueño que le daba nombre, fueron sus verdaderos protagonistas. Ahora todo el espacio está ocupado por un bar, el que antiguamente era El Español y que ocupaba el local anexo a la tienda.

Empezaban por ser, esquina y escaparate, punto de cita, encuentro, discusión y debate de todo chinche y donde paraban la mayor parte del tiempo el Enano y sus mecheros. Pero es que era, además, la única librería del pueblo, el lugar mágico donde asomaban las novelas de Plaza y Janés en edición de bolsillo. Se vendían, también, las colecciones de tebeos del Capitán Trueno, de Supermán, de Hazañas Bélicas y otros por el estilo. Y se despachaba, por supuesto, el periódico. Porque en aquella época se decía lo de vete a comprar el periódico cuando, literalmente, casi sólo llegaba a la tienda un periódico, el famoso Pueblo, y no sé si algunos ejemplares del ABC, además de los leoneses Proa y Diario de León. Sigue leyendo

Marcelino y su carretilla

Marcelino y su carretilla

Entre tantos como fueron en aquella década de infancia de los 50 del pasado siglo XX en La Pola de Gordón, me viene a la memoria la imagen de Marcelino y su carretilla. Era un hombre joven, con una chepa no demasiado prominente, moreno y de estatura mediana, que no gozó de muchas luces ni, en ocasiones, de demasiadas buenas intenciones cuando hacía alguna de las suyas entre la ropa tendida a la orilla del río o cualquier otra barrabasada.

Aunque no llegó a aprender a leer ni escribir, lo de ser maestro para mandar y tener a los guajes quietos debió de gustarle bastante, así que era frecuente que los niños y niñas más pequeños del pueblo pasaran por su particular escuela organizada al aire libre. Cuando conseguía reunir a media docena de rapaces, los hacía sentar en el suelo y hacer que escribieran o hicieran como que escribían en un trozo de teja, en el suelo o en una pizarra, usando para escribir un trozo de yeso. En fin, que aquella parodia duraba lo que duraba la paciencia de los improvisados alumnos hasta que salían corriendo cada uno en una dirección y Marcelino en la de todos y en la de ninguno, con lo que se daba por finalizada la clase. Sigue leyendo

De vez en cuando

Buscando comida en los contenedores en mitad de la noche

De vez en cuando

De vez en cuando merece la pena ver llover, caer el frío, reparar en la llegada en medio de la noche de un hombre de apariencia normal, sin paraguas, metiendo la cabeza en los cubos de la basura para buscar comida. Dentro del coche, con la calefacción encendida, el hombre de la calle tiene aún más frío.

Metes la mano en el bolsillo y calculas las monedas sueltas que tienes. No hay nada que llevarse a la boca en los contenedores.

El hombre camina lentamente, ajeno a la lluvia helada y el viento que agita su pelo gris crecido. Se pierde entre las sombras de la calle y las monedas queman en la mano y el hambre en el alma. Ya se ha ido, pero su imagen permanece en la retina de la memoria arropada del frío invernal y el vacío de los contenedores. El motor del coche sigue en marcha y se oye una música intrascendente en la radio.

Luego le cuento a mi hija la escena. –No tienes por qué sentirte mal– me explica –Ese hombre tiene casa y comida. Todo el mundo lo sabe.

Aunque se haya tratado de un pobre loco, yo no lo conocía y las monedas se quedaron en mi mano mientras él se alejó entre la lluvia. Eso no puedo cambiarlo. Sigo sintiéndome mal.

González Alonso